bullying

Benito acababa de cumplir 10 años, era delgado, tímido y algo torpe. Los estudios no se le daban bien y no corría rápido. Pero tenía una gran creatividad, le gustaba imaginar que vivía situaciones de acción o deportivas. Al contrario que en su vida real, en sus sueños, se convertía en un un gran héroe o un excepcional atleta.

Casi todos los niños del cole se burlaban de Benito, a veces le llamaban “el piruleta” por su aspecto físico, cabeza redonda y cuerpo delgado, en otras ocasiones le decían “Sacarino” como un botones torpe de unos famosos tebeos.

Un día de primavera de mucho calor, durante la hora del recreo, Benito sintió sed. Se dirigió a la única fuente del patio y esperó a que otros niños bebieran, para no meterse en problemas, dejó que pasaran delante algunos que habían llegado después de él . En el momento que no quedaba nadie por beber, se aproximó y flexionó la espalda para acercar sus labios secos al chorro que emanaba del pitorro metálico. Cuando apenas se había mojado un poco la lengua, escuchó detrás suya una voz familiar que le produjo un escalofrío por todo el cuerpo.

— ¡Eh! “Piruleta”, estaba yo antes.

El propietario de esta frase era Pachi, uno de los niños más crueles y despiadados de todo el colegio.  Benito había sido muchas veces diana de sus mofas e insultos. Aunque estaban en la misma clase, Pachi era mayor, porque había repetido curso. Era fuerte, muy fuerte y malo, muy malvado. De todos los niños a los que Benito temía, que no eran pocos, Pachi era al que más.

Benito se asustó y enseguida se puso nervioso. Tenía la impresión de que el corazón le había trepado hasta la garganta y sentía una presión muy fuerte en las sienes. Su boca, aunque recién remojada, volvía a estar seca. Casi no podía articular palabra y solo acertó a decir:

— No me he dado cuenta.

— Me estás ¿buscando la boca o qué? —Dijo Pachi.

— No, no… Solo tenía sed… No te he visto, te lo prometo Pachi —Dijo Benito mientras se le nublaba la vista.

— ¿Quieres que te parta la boca ahora mismo? ¡Payaso!. —Insultó Pachi acercándose cada vez más a Benito.

De inmediato, se creó un corro alrededor de los dos, como solía suceder siempre que había un conflicto en el cole. Benito observó las caras de los otros niños, recordaban a las películas de romanos, en las que el público del circo, deseoso de ver sangre, esperaba a que una fiera devorara a un condenado a muerte. Benito, algo mareado, pensó que en cualquier momento podría desmayarse.

— Respóndeme o te arranco la cabeza. —Esta vez, se podía apreciar en el tono de Pachi que hablaba para los espectadores.

A Benito no le salían las palabras, sabía que si intentaba decir algo las lágrimas aflorarían en sus ojos. Él no era un valiente, pero tampoco quería demostrar más síntomas de debilidad de los que se apreciaban a simple vista. Pachi empezó a darle empujones intimidatorios, estos lo hicieron retroceder hasta que su espalda topó contra el rugoso cemento de la pared de un muro ladrillo sin enlucir.

— Di algo “Sacarino”, ¿Es que no tienes cojones de hablarme?

A Benito le temblaban las piernas y veía algo borrosa la cara de Pachi, respiraba de forma acelerada y un desagradable hormigueo le recorría buena parte del cráneo.

—Ya me has tocado demasiado los huevos, ahora vas a ver. —Amenazó Pachi con el puño en alto y dando un impulso hacia adelante para golpear el rostro de Benito.

Existen ocasiones en las que no se sabe porque suceden algunas cosas, que parte del cerebro se activa durante un peligro máximo. Benito ni se dio cuenta de forma consciente de que levantaba los brazos para cubrirse la cara y que, como complemento al mecanismo de protección, encogía la pierna derecha elevando la rodilla de forma brusca. El que si lo notó enseguida fue Pachi al recibir el impacto de esta en sus testículos. En solo una millonésima de segundo el dolor le subió desde los genitales hasta el cerebro. Aunque intentó mantenerse erguido, no pudo, se dobló sobre su abdomen y quedó en cuclillas justo antes de caer de culo contra el pavimento. Desde el suelo, en posición fetal, dirigió su mirada hacia Benito, en ella se mezclaba el sufrimiento con la sed de venganza. Benito estaba asustado antes del incidente, pero después de ver los ojos de Pachi se sintió aterrorizado, pensó que «de esta no saldría con vida».

Las caras de los niños del patio eran de asombro, no comprendían lo que había sucedido. “El piruleta” había tumbado a «Pachi el terrible”. Ninguno sabía con que tipo de golpe, no lo habían visto. Todo fue muy rápido y además dividían sus campos de visión entre el puño de Pachi y la cara de Benito, intuyendo que en esa zona se produciría el más que previsible impacto. Sin duda, muchos niños se alegraron, aunque reprimían cualquier gesto que reflejara algún tipo de felicidad.

Cuando Pachi empezó a recobrar el ritmo de su respiración, si bien no podía casi ni moverse, empezó a planear la impresionante paliza que le iba a propinar «al mierda ese que le había dejado en ridículo delante de todos». Su rabia interior era tan intensa, que no veía el momento de sacársela de dentro. “Lo voy a matar”, se decía, puesto que aún no podía vocalizar un sonido entendible, solo gruñidos.

Todo el que ha sufrido la desagradable experiencia de un fuerte golpe en los testículos, sabe que el dolor es indescriptible con palabras y también que se tardan varios minutos en sentirse otra vez persona. Durante este lapsus de tiempo, conforme se iba recuperando, fue cuando Pachi empezó a escuchar una voz interior diferente a la de costumbre:“No te ha hecho nada”. “No tienes razón”.

Al principio quedó un poco aturdido por estos pensamientos, pero había otra parte en él que todavía deseaba destrozar a Benito. Entonces nuevas reflexiones resonaron en su cabeza: “No se merece que le hagas daño”. “Te han dado la lección que necesitabas”.

Notaba como su furia se calmaba un poco, empezó a sentirse más tranquilo y meditó sobre lo sucedido. Sabía que no formaba parte del mismo grupo de sedientos que Benito, solo pasaba por allí y quiso alardear para tener el reconocimiento que de vez en cuando necesitan algunos para alimentar su ego. Recordó las caras asustadas de niños a los que había amedrentado en diferentes ocasiones y se dio cuenta de lo cruel que había sido con ellos.

Por último, su verdadero yo le dijo: “Déjalo en paz y te sentirás mejor, es lo justo”.

En ese mismo instante, Pachi advirtió un cargo en su consciencia desconocido para él hasta ese momento. Las innumerables regañinas y castigos de sus padres y maestros, no consiguieron ni de lejos, el profundo impacto que sobre su ser produjo el dolor y la humillación en tan solo unos minutos.

Pachi y Benito eran los únicos que sabían que, el fuera de combate había sido fruto de la suerte. Los dos tenían clarísimo que, con un mínimo esfuerzo por parte de Pachi, las aguas volverían a sus cauces, abusón y marginado, cada uno con su rol de siempre.

Pachi se incorporó y miró a los ojos de Benito, esta vez sin ira. Por una ocasión empatizó con su víctima, nunca lo había hecho antes, sintió el miedo y sufrimiento de Benito como si fueran propios y necesitaba darles fin. No dijo nada, se dio la vuelta y se marchó muy dignamente sin mirar atrás, ni por un instante se planteó hacerlo. No recordaba haberse sentido nunca tan tranquilo, sereno y liberado como en ese momento.

Benito, por su parte, no estaba ni mucho menos tranquilo, tragó saliva mientras pensaba que: «En cualquier momento se revolverá y se lanzará contra mi a toda velocidad». Solo cuando Pachi entró en el aulario y lo perdieron de vista, comenzaron a reaccionar algunos niños.

¡Joder!, vaya golpe. —Decían algunos.Rodillazo. —Decían por intuición otros, aunque con muchas dudas aun.-¡Benito, Benito! —Comenzaron a aclamar dubitativos algunos.¡Benito, Benito! —Volvieron a repetir con más fuerza y en mayor número. 

Y el héroe, no pudo evitar esbozar una media sonrisa de satisfacción. Entonces empezaron los halagos.

¡Qué tío!. Lo has reventado. Vaya con Benito.

Y también, los más curiosos formularon preguntas relacionadas con la pelea:

—¿Eso ha sido kun-fu o Karate?

A Benito, entre tanta euforia colectiva, solo se le ocurrió decir:

— Lo único que quería era beber agua. —Y sonó el timbre del fin del recreo.

Benito prosiguió con mucho miedo el resto de la jornada escolar, no podía creerse que la bestia no tomara represalias contra él. Temía que la revancha llegara en cualquier momento, a la vuelta de cualquier esquina podría aparecer un puñetazo, estrangulamiento o retorcimiento de brazo. Con disimulo observaba el rincón donde se sentaba el “Intimidador humillado”. Pero este permanecía inmóvil, tenía la mirada perdida y parecía absorto en pensamientos ajenos a la clase. Ni ese día ni ningún otro hubo venganza.

Esa noche, Benito miró la luna llena por la ventana de su dormitorio, se acordaba una y otra vez de su breve momento de gloria. Pensó que: «nunca olvidaría aquel día».  A unos cientos de metros, otro niño, en el patio de su casa, bajo la luz de la misma luna, tuvo exactamente el mismo pensamiento.

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