A lo largo de mi vida, como en la de cualquier otra persona, he participado en infinidad de conflictos verbales. En ellas, mi obsesión ha sido, casi siempre, demostrar que estaba en posesión de la verdad y conseguir que mi oponente se sometiera a mis argumentos. Además ni me planteaba cambiar de opinión por más testimonios que la rebatieran.

Esta actitud, a menudo, la observo en la mayoría de los seres humanos que conozco. Creo que su sentido biológico es defender lo que nos parece justo sobre circunstancias que nos afecta en nuestra existencia como individuos y no hacerlo puede generar una situación peligrosa para nuestra supervivencia.

Sin embargo, muchas de esas disputas han tratado sobre eventos o coyunturas no experimentadas por ninguno de los que las debatíamos, no nos afectaban como individuos y además la resolución del conflicto no era posible desde nuestra modesta tertulia.

De esta forma, me he visto envuelto en feroces debates sobre política, economía, medicina, nutrición y hasta energía nuclear con otros parlamentarios, que al igual que yo, tenían escasos conocimientos en estos campos, o por lo menos esa es mi percepción en perspectiva. En estos casos, me cuesta encontrarle el sentido a esta necesidad de llevar la razón.

Quizás, como además de ser animales que buscan su supervivencia por instinto, somos seres que podemos razonar sobre cualquier tema, incluso siéndonos ajeno y distante, nos vemos muchas veces en la incoherencia de entrar en debates que no aportan ninguna ventaja evolutiva e incluso nos pueden perjudicar en forma de malestares y/o secuelas físico- emocionales innecesarias.

He sentido el poder energético de creer estar en posesión de la verdad y me ha proporcionado confianza para refutar argumentos contrarios, señalando que estos no concuerdan con la “verdad establecida” o que son incoherentes con otras afirmaciones de sus propietarios.

No dejo de sorprenderme de las habilidades que he adquirido para discutir a lo largo de los años. Algunas de estas estratagemas mentales son verdaderas obras de arte. «Argumentar de forma locuaz y dinámica»; «guardar mis cartas sutilmente»; «formular preguntas sin aparente sentido para alcanzar un fin desconcertante para el rival»; «utilizar recursos lingüísticos ensalzando mis valores y descalificando al otro»; «acosar una y otra vez sobre la debilidad detectada del oponente»…

No obstante, cuando mi convencimiento de llevar la razón era más débil, sintiéndome algo inseguro con mi postura, me he defendido como un gato panza arriba, «Evitando hablar de lo que no me interesaba»; «Tergiversando las palabras»; «Interrumpiendo»; «Provocando»; «Despreciando» e incluso «Amenazando».

Desde hace algunos años, ha surgido la nueva fórmula de discutir a través de las redes sociales por medio de mensajes de texto, de la cual también he sido partícipe. Con este sistema puedo meditar mejor mis argumentaciones y además nadie observa mis titubeos lingüísticos ni otras manifestaciones físicas de mis emociones.

También me permite hacer pausas para planificar mi estrategia y reflexionar sobre cada una de las palabras que escribo. Pero, precisamente durante estos descansos, es cuando he empezado a ser consciente de forma más profunda de lo que me motiva para actuar así y de los sentimientos que se producen en mi interior con cada uno de esos mensajes de ida y vuelta.

A través de esta contemplación, he constatado que con todos estos ataques en forma de jugadas maestras y defensas disfrazadas de deshonestas acciones, intento ocultar el más mínimo atisbo debilidad en mi persona. O lo que es lo mismo, protejo mi fragilidad humana a la vista de los demás con una armadura imaginaria de palabrería y actitudes ególatras.

Pero, como he reflexionado antes, los seres humanos tenemos esa necesidad biológica de entrar en conflictos y reprimirla puede ser algo antinatural que tampoco me conviene. Además, las leyes de la inercia, hacen imposible frenar en seco un comportamiento que ha estado fluyendo de forma innata durante tanto tiempo.

Por lo tanto, a pesar de este descubrimiento no creo que deje de intervenir en polémicas sobre temas que no van a resolverse a través de ellas. Pero, teniendo en cuenta el alto grado de inutilidad y de los perjuicios que me producen esta costumbre, intentaré estar más atento para participar lo menos posible en estas disputas sin fin o por lo menos retirarme a tiempo de ellas; lo intentaré.

No obstante, si no lo consigo, trataré de no reprocharme a mí mismo por no ser capaz de mantener la boca cerrada en controversias que lo único que me aportan es desgaste y tiempo perdido.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Ir arriba