Auto-sabotaje mental

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Me gusta el atletismo, de niño disfrutaba viendo las competiciones en televisión poniéndome en el lugar de aquellos grandes fondistas de la época. Con 14 años comencé a practicarlo, entrenaba con un grupillo de chavales de más o menos mi misma edad y participé en múltiples carreras.

Comencé con mucha ilusión y esperanzas de ser un gran campeón, pero me fui desinflando al ver los mediocres resultados que iba obteniendo. En las competiciones provinciales se congregaban los mejores corredores de la región y nunca mejoré el décimo puesto. Llegaba a las pruebas muy nervioso, esto hacía que estuviera cansado incluso en el calentamiento previo. Me sentía derrotado incluso antes de colocarme en la línea de salida.

Pistoletazo inicial, todos esprintábamos como si no hubiera un mañana, en menos de 50 metros me sentía asfixiado y con un dolor insoportable de piernas y aquello solo era el principio de mi sufrimiento que se alargaba durante todo el recorrido.

Por suerte existían las carreras de verano o peseteras, como les llamábamos nosotros, puesto que repartía muy buenos dividendos económicos a los tres primeros clasificados de cada categoría. Estaban integradas en los programas de las fiestas de cada pueblo, en ellas solo corrían atletas locales, con la excepción de los pocos que nos movíamos por toda la provincia en busca de gloria y recompensa monetaria.

Una mañana de Agosto viajé a un pueblecito muy cercano al mío para participar en su «milla popular» (1609 metros). De allí era un corredor de mi edad que siempre me había ganado y con el que sabía que no tenía posibilidades, pero mi sorpresa fue encontrarme durante el calentamiento con el chaval que se había proclamado campeón provincial hacía solo unos meses, por lo que mis esperanzas de obtener el segundo puesto quedaron desvanecidas al instante. Un «amigo» de mi grupo que participaba en una categoría diferente, se percató de mi situación comenzó a burlarse de mí. En ese momento mi orgullo me hizo protestar.

- A que soy capaz de ganarles a los dos. Dije con energía pero con poca convicción.
- No te lo crees ni tu, no tienes nivel para competir con ellos. Dijo infravalorándome.

Agaché la cabeza para terminar con la breve pero desoladora conversación. Durante un rato me sentí hundido y diminuto. Pero poco después me fui animando, supongo que porque disfrutaba mucho del ambiente de este tipo de carreras, no sentía tanta presión como en los campeonatos oficiales y además hacía mucho mejor tiempo.

En la salida me coloqué junto a los dos principales favoritos, los dos eran chicos muy amables, me dieron la mano y desearon suerte. El recorrido consistía en 2 vueltas al centro del pueblo. Miré hacia mi interior y comprobé que no estaba nervioso, seguramente era por la aceptación que sentía sobre el papel que me esperaba en la competición: (Ir perdiendo de vista a mis rivales, para volver a encontrarme con ellos en la línea de meta). Reconozco que en el resto de competidores ni pensaba, creo que estaba convencido de que no eran rivales para mi.

Preparados, listos, ya…

Me siento fuerte, las piernas me responden sin problemas y no estoy para nada cansado. Mitad de la primera vuelta, no me lo puedo creer, me mantengo en cabeza junto a los otros dos sin mucho esfuerzo. Cuando pasamos la línea de meta por primera vez, visualizo entre el público al compañero que me había humillado. Se activa uno de mis sentidos más primarios, el del amor propio. Me coloco en cabeza y me dirijo a él gritando.

- ¿No decías que no podría seguirles? Pues mira, voy primero.

No me dio tiempo a ver su reacción. No importaba, esta carrera la iba a ganar y se lo restregaría una y otra vez en los próximos días.

Vuelta y media, solo faltan 400 metros, sigo fuerte en la pole, giro la cabeza, los otros dos están cerca, pero su cara demuestra el esfuerzo que están haciendo para seguirme. Observo que atleta local resbala y se le tuerce el tobillo, gime dolorosamente, no se para, pero se empieza a rezagar un poco.

- Uno menos. Pienso.

No estaba cansado, me sentía como si acabara de empezar la carrera, era uno de esos días en los que todo fluye sin esfuerzo. Una sensación de embriagadora alegría invadió todo mi ser.

 ¡¡¡Voy a ganar, voy a ganar!!!. 

Esta frase resonaba en mi cabeza una y otra vez, de pronto apareció una nube negra, pero no en el espléndido cielo azul de aquel mes de agosto.

- ¿Ganar? Pero si estos son los mejores corredores de la provincia, si nunca he estado ni de lejos a su altura. No puedo ganarles, no puedo, son mucho mejores que yo.

Seguía encontrándome bien, mi piernas no pesaban ni estaba cansado, pero sin saber cómo empecé a desacelerar, en pocos segundos mi ritmo era más parecido al de un señor mayor haciendo futing que al de un joven y entrenado atleta en la recta final de una carrera. Y sucedió a lo que me había resignado desde que la voz en mi cabeza comenzó a infringir la desidia total en mi cuerpo. El primero me adelantó izquierda como si fuera una locomotora, unos instantes después el otro me pasó por la derecha mostrando una incipiente cojera.

Crucé la meta casi andando. No lo recuerdo bien, pero creo que incluso estuve cerca de perder el tercer puesto. No sentía ninguna fatiga, mi organismo tenía un día bueno pero mi mente no estuvo a su altura. Aún no era consciente de lo que había pasado. Como era costumbre, los conocidos del colectivo me preguntaban por mis impresiones.

- He corrido bien, pero me he desfondado al final. Etoy contento con el tercer puesto.

En realidad eso era lo que sentía. En esos momentos creía que me habían ganado mis contrincantes, aunque la realidad fuera que los que me habían vencido, una vez más, eran mis propios miedos y creencias. Había tocado la gloria con la yema de los dedos, pero la había dejado escapar por creer más en las mentiras de mi mente que en las buenas sensaciones de mi cuerpo.

En el podium estaba contento, recibiría una medalla y un dinerillo que siempre venía bien. Ya casi no recordaba como había transcurrido la carrera. Pero de pronto el atleta local y segundo clasificado dirigió hacia mi unas palabras que no dejaron de resonar en mi mente durante mucho tiempo.

- Dani, tenías la carrera ganada. Pero ¡¡Te has cagado!!

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