Desmontando la felicidad

El evento deportivo internacional más relevante del verano de 1994 fue el mundial de fútbol de Estados Unidos. España tenía un buen equipo, la mayoría de jugadores eran de una joven y preparada generación. La imagen que transmitían en los medios de comunicación era de unión y muy buen rollo entre ellos. Un ejemplo claro de esto fue la idea de dejarse perilla, secundada por casi todos los jugadores y el cuerpo técnico.

Yo tenía 19 años y seguía con ilusión todas las noticias relacionadas con la selección. Desde el primer día de la concentración muchos medios de comunicación hacían programas especiales sobre los entrenamientos, rivales y otras anécdotas que giraban en torno a nuestros chicos.

Recuerdo una sección de un programa de sobremesa de menos de 2 minutos en los que se entrevistaba a un jugador por día, no les preguntaban de fútbol, solo de cuestiones banales como hobbys, gustos musicales o culinarios, etc… La última pregunta siempre era la misma:

«¿Cuál es el mayor deseo que tienes?»

La respuesta más común era la que tocaba en aquellas circunstancias: «Ser campeón del mundo«, alguno añadía alguna coletilla como «salud para sus seres queridos» o algo por el estilo. Pero un jugador contestó algo diferente:

Mi mayor deseo es simplemente ser feliz. 

Satisfecho con su respuesta y dirigiéndose al reportero añadió:

¿Qué te parece?

Ese fue un momento revelador para mi, aunque hoy en día esa respuesta sería muy común, por aquel entonces resultó muy original, supongo que estaba empezando la moda que ha llegado hasta nuestros días de desear ser feliz por encima de todas las cosas. El caso fue que a partir de entonces ese anhelo se adherió a mi consciencia y junto a él un pensamiento empezó a resonar en mi mente.

«No soy feliz»

Mi cerebro, muy aplicado como siempre, empezó a buscar soluciones al «problema». El resolutivo algoritmo se basa en proponer preguntas con sus respectivas respuestas e ir desgranando así el tema.

¿Porque no era feliz?: Porque siempre no estaba alegre.

¿Y porque no siempre estaba alegre? Porque me faltaban muchas cosas para estarlo como: más sabiduría, adquirir habilidades especiales, la pareja perfecta, el trabajo ideal, la casa de mis sueños…

Pero bueno, era joven aún, me quedaba tiempo de sobra para conseguir todo eso y con ello la tan deseada felicidad. Pero la llama de la insatisfacción ya estaba encendida en mi interior.

Ese mismo verano mientra España avanzaba rondas en el mundial, varios amigos planeamos unas vacaciones a la costa del sol. Era la primera vez que hacía un viaje de estas características, había ido a excursiones escolares y también de viaje con mis padres. Los colegas habíamos montado juergas en una casa de campo algunos fines de semana quedándonos a dormir. Pero nada parecido a aquello, una semana entera en un apartamento en la playa y con mis mejores amigos.

Desde el momento en que organizamos el viaje, mi imaginación empezó a volar llenando mi mente de fantásticas espectativas. Sol, playa, colegas, chicas… Diversión, mucha diversión. Estaba muy emocionado y deseando que llegara el día de partida.

Lo único que recuerdo del viaje en autobús es el momento en el que vimos el mar. Ya estábamos a 5 minutos de llegar, pero la sensación que tuve cuando observé el mediterráneo no era ni de lejos la que me esperaba. No es que no fuera como había imaginado, todo era exactamente igual que en mis visualizaciones previas al viaje. Lo que era diferente era lo que sentía, o mejor dicho lo que no sentía, ni maravillado por la inmensidad del océano azul rompiendo contra la fina arena, ni eufórico por el ambiente vacacional costero. Entonces apareció ese sentimiento, no era la primera vez pero si la más intensa. No comprendía porque mis sensaciones no concordaban con mis expectativas, estaba donde había deseado con tantas ganas y sin embargo cada vez me sentía más triste y vacío.

El resto del viaje no es relevante con respecto al tema que quiero exponer, aunque, durante el mismo, disfruté de buenos momentos y lo recuerdo con cariño. Lo importante aquí es la frustración que siguió creciendo dentro de mí cada vez que mis sensaciones esperadas no coincidían con las reales.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *