Encerrado (Capítulo 1)

Claus era un solitario, había ido distanciándose de su familia con el paso del tiempo, se sentía defraudado por los pocos amigos que había tenido y en el trabajo no confiaba en nadie. Por lo tanto, sus escasas relaciones sociales, eran muy superficiales.

Se decía a si mismo que siempre le sucedían cosas desagradables por culpa de su mala suerte y pensaba que había fracasado en todo lo que se había propuesto.       

En general, se mostraba huraño y hablaba poco, pero cuando lo hacía era para protestar. Casi cualquier asunto, persona, animal o cosa eran blanco de sus quejas.

Odiaba su trabajo. Lo hacía en una fábrica donde elaboraban papel para envolver regalos. Suspiraba con amargura cada vez que sonaba el despertador los días laborables. Mientras se vestía y aseaba aparecían en su mente pensamientos negativos sobre la jornada que le esperaba. Su oficio era aburrido y estresante, no encontraba motivación alguna en él y hacía mucho tiempo que había perdido toda esperanza de cambiar de puesto y mucho menos de ascender.

Cierto viernes tuvo que quedarse hasta tarde para terminar un pesado trabajo que le exigían que tuviera listo para el lunes a primera hora. Toda la tarde estuvo gruñendo y despreciando a la fábrica y a sus compañeros, para él todos eran culpables por un motivo u otro de que le hubieran encargado la dichosa tarea, además tenía hambre, sueño y le dolían la espalda y la cabeza. 

Por fin terminó la faena, se había quedado solo con Agustín, el guarda que esperaba siempre hasta que el último de los trabajadores se marchaba para poder cerrar las instalaciones.  

-Buenas noches. Se despidió Agustín cuando observó que Claus recogía sus bártulos.

Claus elevó levemente barbilla y emitió un breve bufido casi inaudible sin mirarlo a los ojos. Agustín llevaba poco tiempo trabajando en la empresa, pero ya conocía el talante de Claus, por lo que no le extrañó la parca despedida de este. Al igual que la mayoría de trabajadores tenía el concepto de que era antipático, estúpido y que no merecía la pena relacionarse con él. En eso pensaba mientras se encaminaba a cerrar las puertas del otro ala del edificio.

Claus miró la hora en el teléfono, tenía el tiempo justo para coger el último autobús que le podía llevar hasta su casa. Metió el móvil en el bolsillo de la chaqueta y cuando se disponía a descolgarla de la percha se percató de que había olvidado su bolso en el depósito de materiales.

-Mierda, voy a perder el autobús  y tendré que irme andando, con el frío que hace y lo cansado que estoy.  Se dijo mientras iba a paso ligero hasta el almacén.

Tuvo que cruzar toda la nave para llegar a donde había dejado el bolso, cuando lo localizó, lo maldijo y agarró agresivamente. En ese mismo instante una corriente de aire frío recorrió su nuca y un segundo después escuchó el ruido de la puerta al cerrarse.

-¡No, no, no! dijo en voz alta.

-No cierres que estoy aquí dentro. Chilló con más fuerza.

Corrió hacia la salida, pero resbaló al pisar un charco de un líquido aceitoso y cayó de costado contra el pavimento.  Sintió entonces un fuerte chasquido en su hombro derecho. Esta vez su grito fue provocado por el daño sufrido. No pudo levantarse al primer intento porque el dolor era muy agudo y se intensificaba al más leve movimiento. Se incorporó con mucho cuidado y fue hasta la salida sujetándose el brazo herido.

-¡Abre!, estoy aquí dentro. Dijo golpeando la puerta varias veces con el puño del brazo sano.

No hubo respuesta del otro lado. Metió la mano en el bolsillo buscando el móvil, pero no estaba, recordó que lo había metido en la chaqueta. Entonces todo tipo de palabrotas salieron de su boca. Y en esas estaba cuando se hizo la oscuridad absoluta, segundos después se encendió la tenue luz de emergencia de la salida. En ese momento un escalofrío recorrió el cuerpo de Claus, Agustín había desconectado el alumbrado, en menos de dos minutos se montaría en su coche, dejaría la instalación y no volvería hasta el lunes a las seis de la mañana.

-¡Abre, Abre! chilló una y otra vez.

Mientras vociferaba también aporreaba repetidamente la puerta con la mano, después empezó a darle patadas sin dejar de proferir gritos llenos de ira. Y así estuvo varios minutos cada vez más furioso. En un momento dado, propinó un cabezazo a la puerta de hierro y se hizo daño en la frente, entonces retrocedió dos pasos y se sintió mareado. Acercó el oído a la puerta con el deseo de escuchar algún sonido que delatara que había alguien al otro lado. Pero lo único que oía era su corazón palpitando velozmente.

-Por favor, sácame de aquí. Dijo con un fino hilo de voz suplicante.

Perdió la noción del tiempo mientras estuvo sentado en el suelo con la espalda apoyada en la puerta en un estado melancólico primero y semi-adormecido después. De pronto su cuerpo produjo un espasmo y se espabiló al sentir el dolor por la lesión producida en la caída, entonces gritó.  Parecía que le hubieran clavado una barra de hierro y cada vez que hacía el más leve movimiento se le retorcía en el interior del hombro. A los pocos segundos de ese primer temblor vino otro y después otro y así siguieron de continuo, cada sacudida era un sufrimiento.

-¿A qué viene esta tiritona?¿Que me está pasando? Se preguntó.

Los dientes le castañetearon y de su boca salió vaho al respirar, entonces lo comprendió, estaba helado de frío. Pensó en su chaqueta, con sus cálidos guantes dentro de los bolsillos, pero colgada en la percha de la entrada de las oficinas, entonces soltó una maldición con furia.

-Ese guarda inepto es el culpable de todo esto, se tenía que haber asegurado de que no había nadie dentro antes de cerrar, como se puede ser tan incompetente. Pensó.

-Es que hoy en día se contrata a cualquiera, sin saber si está capacitado o no para el puesto, por ahorrarse cuatro duros y no hacer una buena selección de personal. Ese seguro que tiene un buen padrino. Un tío que no mira dentro antes de cerrar, si eso es de tener un mínimo de luces. Claro, es viernes, estaría deseando salir corriendo, pero eso no es motivo para ser un descuidado.

Volvió a temblar y sintió otro aguijonazo en el hombro, la punzada le trepó por el oído para acabar recorriéndole todo el cráneo y entonces gimió.

Cuando se le atenuó un poco el dolor prosiguió con su diálogo interno.

-Vaya suerte que tengo, ¿Por qué todo lo malo siempre me pasa mi?Soy un desgraciado, parece que me ha mirado un tuerto. Es como si estuviese destinado a sufrir toda la vida, siempre igual, una y otra vez. Para esto mejor no haber nacido.

Notó entonces angustia en el estómago, seguida de un retortijón.

-Me muero de hambre, ni siquiera he merendado. Tenía que haber parado a tomar un café por lo menos. Desde luego vaya un torpe que estoy hecho, se me olvida el bolso, me tropiezo, no cojo el móvil. Peor no se pueden hacer las cosas, es que no sirvo para nada. Tonto, tonto, tonto, imbécil, idiota.

Pasaban las horas y a la cotorra ya no había manera de hacerla callar.

La iluminación de emergencia se iba atenuando conforme se le consumía la batería, hasta que se apagó y todo quedó en penumbra. No era consciente de si era de día o de noche, así que no sabía el tiempo que llevaba encerrado.

Tenía la cara adormecida por el frío, los dedos entumecidos y casi no sentía los pies. Se había acostumbrado un poco al dolor y al hambre, pero su boca cada vez estaba más seca. Se imaginó bebiendo un té caliente en una taza grande, sentado junto a la estufa del salón de casa, con su pijama de franela y la bata polar que había comprado al principio del invierno.

Su esperanza de que alguien fuera a buscarle se fue desvaneciendo conforme pensaba que nunca hacía planes con nadie durante los fines de semana, tampoco acostumbraba telefonear a ninguna persona y si alguien lo llamaba a él, no se extrañaría de que no contestara, pues casi nunca lo hacía, porque odiaba que lo molestaran en sus días de descanso, en los que se dedicaba a holgazanear, ver la tele o navegar por Internet. Solo salía al bar para comer, pero tampoco allí tenía ninguna relación significativa para que se preocuparan por su ausencia.

-Se acabó, voy a palmar aquí, en esta asquerosa fábrica. El lunes encontrarán mi cuerpo morado y rígido, me llevarán al cementerio y a los tres días habrá otro en mi puesto.

-Me voy a morir, reflexionó con pena.

Le fue embargando una tristeza profunda junto con una sensación de miedo. La respuesta física a la emoción no tardó en aparecer en forma de ahogo en la garganta seguida de lágrimas y pucheros. Sollozó en silencio. Ya no pensaba, solo lloraba. Y estuvo así mucho, mucho tiempo, hasta que se quedó dormido.

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