Prisionero en un almacén

Podría definirse a Claus como un ser solitario cuyas escasas relaciones sociales eran superficiales. Vivía distanciado de su familia, defraudado por sus amigos y desconfiando de sus compañeros. Se decía a si mismo que; «Siempre le sucedían cosas desagradables por culpa de su mala suerte» y también pensaba que; «Había fracasado en todo lo que se había propuesto». En general, se mostraba huraño y conversaba poco, pero cuando lo hacía era para protestar. Casi cualquier asunto, persona, animal o cosa eran blanco de sus quejas.

Odiaba su trabajo. Era administrativo en una fábrica donde elaboraban papel para envolver regalos. No encontraba motivación alguna en su oficio, lo consideraba aburrido y estresante, hacía mucho tiempo que había perdido toda esperanza de cambiar de puesto y mucho menos de ascender. Los días laborables, suspiraba con amargura cada vez que sonaba el despertador. Mientras se vestía y aseaba, aparecían en su mente pensamientos negativos sobre lo que le esperaba durante la jornada.

Cierto viernes de enero, se le hizo de noche en la fábrica por culpa de un inventario que le exigían que tuviera listo para el lunes a primera hora. Toda la tarde estuvo gruñendo y despreciando a la empresa y a sus compañeros. Para él todos eran culpables por un motivo u otro de que le hubieran encargado la dichosa tarea, además tenía hambre, sueño y le dolían la espalda y la cabeza. 

Cuando por fin terminó la faena, a parte de él, solo Agustín permanecía en las instalaciones, era el guarda que esperaba siempre hasta que el último de los trabajadores se marchaba para echar el cierre.  

— Buenas noches. —Se despidió Agustín cuando observó que Claus recogía sus bártulos.

Claus elevó levemente barbilla y, sin mirar a los ojos de su interlocutor, emitió un breve bufido casi inaudible. Agustín no se extrañó la parca despedida, llevaba poco tiempo empleado, pero el suficiente para considerar a Claus antipático, estúpido y que no merecía la pena relacionarse con él. En eso pensaba mientras se encaminaba a cerrar las puertas del otro ala del edificio.

Claus miró la hora, tenía el tiempo justo para coger el último autobús que le podía llevar hasta su casa. Metió el móvil en el bolsillo de la chaqueta y, cuando se disponía a descolgarla de la percha, se percató de que había olvidado su bolso en el depósito de materiales.

«Mierda, voy a perder el autobús  y tendré que irme andando, con el frío que hace y lo cansado que estoy».  Se dijo mientras andaba a paso ligero hasta el almacén.

Cruzó toda la nave para llegar al lugar donde había dejado el bolso. Cuando lo localizó, maldijo agarrándolo agresivamente. En ese mismo instante, una corriente de aire frío recorrió su nuca y un segundo después escuchó el ruido de la puerta al cerrarse.

— ¡No, no, no! —Dijo en voz alta.

—-No cierres que estoy aquí dentro. —Chilló con más fuerza.

Corrió hacia la salida, pero resbaló al pisar un charco de un líquido aceitoso, cayó de costado contra el pavimento y escuchó un fuerte chasquido en su hombro derecho.

— Aaaaaah. —Esta vez, su grito fue provocado por el daño sufrido. No pudo levantarse al primer intento porque el dolor era muy agudo y se intensificaba con el más leve movimiento. Se incorporó con mucho cuidado y fue hasta la salida sujetándose el brazo herido.

—- ¡Abre!, estoy aquí dentro. —Dijo golpeando la puerta varias veces con el puño del brazo sano.

No hubo respuesta. Introdujo la mano en el bolsillo buscando el móvil, pero no estaba, recordó que lo había dejado en la chaqueta. Entonces todo tipo de palabrotas salieron de su boca. Y en esas estaba, cuando se hizo la oscuridad, segundos después se encendió la tenue luz de emergencia de la salida. En ese momento un escalofrío recorrió el cuerpo de Claus, Agustín había desconectado el alumbrado, en menos de dos minutos se montaría en su coche, dejaría la instalación y no volvería hasta el lunes a las seis de la mañana.

— ¡Abre, Abre! —Chilló una y otra vez.

Mientras vociferaba también aporreaba la puerta con la mano, después, empezó a darle patadas sin dejar de proferir gritos llenos de ira. Y así estuvo varios minutos, cada vez más furioso. En un momento dado, propinó un cabezazo a la puerta de hierro y se hizo daño en la frente, entonces se sintió mareado y retrocedió dos pasos. Acercó el oído a la puerta con el deseo de escuchar algún sonido que delatara que había alguien al otro lado. Pero lo único que oía era su corazón palpitando velozmente.

— Por favor, sácame de aquí. —Dijo con un fino hilo de voz suplicante.

Perdió la noción del tiempo mientras estuvo sentado en el suelo con la espalda apoyada en la puerta, en un estado melancólico primero y semi-adormecido después. De pronto se produjo un espasmo en su cuerpo y lo espabiló el dolor por la lesión producida en la caída, entonces emitió un aullido para apaciguarlo. Parecía como si le hubieran clavado una barra de hierro y cada vez que hacía el más leve movimiento se retorciera en el interior del hombro. A los pocos segundos de ese primer temblor, otro, otro más y así siguieron de continuo, cada sacudida producía un inhumano sufrimiento.

«¿A qué viene esta tiritona?¿Que me está pasando?» Se preguntó. Los dientes le castañetearon y de su boca, al respirar, surgió vaho. Entonces lo comprendió, estaba helado de frío. Pensó en su chaqueta, con sus cálidos guantes dentro de los bolsillos, pero colgada en la percha de la entrada de las oficinas. Maldijo con furia.

«Ese guarda inepto es el culpable de todo esto, se tenía que haber asegurado de que no había nadie dentro antes de cerrar, como se puede ser tan incompetente». Pensó. «Es que hoy en día se contrata a cualquiera, sin saber si está capacitado o no para el puesto, por ahorrarse cuatro duros y no hacer una buena selección de personal. Ese seguro que tiene un buen padrino. Un tío que no mira dentro antes de cerrar, si eso es de tener un mínimo de luces. Claro, es viernes, estaría deseando salir corriendo, pero eso no es motivo para ser un descuidado» Volvió a temblar y sintió otro aguijonazo en el hombro, la punzada le trepó por el oído para acabar recorriéndole todo el cráneo. Gimió.

Cuando se le atenuó un poco el dolor prosiguió con su diálogo interno. «Vaya suerte que tengo, ¿Por qué todo lo malo siempre me pasa mi? Soy un desgraciado, parece que me ha mirado un tuerto. Es como si estuviese destinado a sufrir toda la vida, siempre igual, una y otra vez. Para esto mejor no haber nacido«

Notó entonces angustia en el estómago, seguida de un retortijón. «Me muero de hambre, ni siquiera he merendado. Tenía que haber parado a tomar un café por lo menos. Desde luego vaya un torpe que estoy hecho, se me olvida el bolso, me tropiezo, no cojo el móvil. Peor no se pueden hacer las cosas, es que no sirvo para nada. Tonto, tonto, tonto, imbécil, idiota«. Pasaban las horas y a la cotorra no había manera de hacerla callar.

La iluminación de emergencia se atenuaba conforme se le consumía la batería, hasta que se apagó y todo quedó en penumbra. No era consciente de si era de día o de noche, así que no sabía el tiempo que llevaba encerrado.

Tenía la cara adormecida por el frío, entumecimiento en los dedos y casi no sentía los pies. Se había acostumbrado un poco al dolor y al hambre, pero su boca cada vez estaba más seca. Se imaginó, con su pijama de franela y la bata polar que había comprado al principio del invierno, bebiendo un té caliente en una taza grande sentado junto a la estufa del salón de casa.

Su esperanza de que alguien fuera a buscarle, se fue desvaneciendo conforme pensaba que nunca hacía planes durante los fines de semana. Tampoco acostumbraba a telefonear a nadie y, si lo llamaban a él, no se extrañaría de que no contestara, pues casi nunca lo hacía, porque odiaba que lo molestaran en sus días de descanso, en los que se dedicaba a holgazanear, ver la tele o navegar por Internet. Solo salía al bar para comer, pero tampoco allí tenía ninguna relación significativa para que se preocuparan por su ausencia.

«Se acabó, voy a palmar aquí, en esta asquerosa fábrica. El lunes encontrarán mi cuerpo morado y rígido, me llevarán al cementerio y a los tres días habrá otro en mi puesto». Reflexionó. «Me voy a morir». Sentenció con pena.

Le embargó una tristeza profunda junto con una terrorífica sensación. La respuesta física a la emoción no tardó en aparecer en forma de ahogo. Lágrimas y pucheros silenciosos. Dejó de pensar, solo lloraba. Y estuvo así mucho, mucho tiempo, hasta que se quedó dormido.

Continua leyendo la historia haciendo clic en el siguiente enlace: Encerrado (Capítulo 2)

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