rata parlante

Puedes leer el capítulo anterior en este enlace: Encerrado (Capítulo 1)

Sintió un pinchazo en el dedo pulgar del pie derecho y separó los párpados con dificultad. Asombrado, comprobó que el almacén estaba iluminado. Transcurrieron unos segundos hasta que sus ojos se acostumbraron a la luz. Entonces, un sonido de fricción le hizo enfocar la vista hacía su origen. Una rata de pelaje grisáceo y larga estaba rollendo sobre la puntera de su zapato, había traspasado el cuero y rasgado calcetín. Apreció que de su dedo descubierto brotaba sangre que manchaba el hocico de la alimaña. Gritó con mezcla de repulsión y miedo, de inmediato sacudió la pierna. El roedor salió despedido y cayó de costado, pero rápidamente se incorporó sobre sus patas traseras. Ambos se miraron fijamente y en ese momento pareció congelarse el tiempo.

El hombre, dominado por el odio, se levantó bruscamente y se abalanzó hacia la rata, esta se giró sobre sí misma y empezó a correr. Claus la siguió energizado por la ira. Cada vez estaba más cerca y, aunque el animal hacía cambios de dirección para despistar a su hostigador, este reaccionaba rápido acosándola en todo momento y sin darle respiro. Hasta que la rata quedó acorralada al entrar en un pasillo sin salida y frenó derrapando para no estrellarse contra la pared. Se dio la vuelta, levantó una de sus patas delantera y se dirigió a su enemigo.

— Por favor no me hagas daño —Imploró. Claus se detuvo asombrado por la capacidad de diálogo del bicho.

—- ¿Que no te haga daño? —Has destrozado mi zapato, mi calcetín y me has herido. —Reclamó sin acabar de creer que estaba hablando con una rata.

—- Perdóname, entiendo que estés enfadado, pero déjame que te lo explique. —La petición de clemencia disminuyeron los niveles de rabia de Claus. Miró la cara del roedor, poseía rasgos que denotaban inteligencia y sintió curiosidad por su explicación.

—-Te escucho. —Concedió como si se tratara de un maestro esperando recibir la aclaración de porque no había realizado la tarea su alumno.

—Mira, la cuestión es que yo soy una rata, me alimento de los escasos desperdicios y carroña que voy encontrando. Cuando te he visto ahí tirado lo único en lo que he pensado es en los 80 kilos de carne  que teníamos para alimentarnos mi familia y yo. No es culpa mía, ha sido mi instinto de supervivencia.

—- Eso no es lógico. Un animal no ataca nunca a otro más grande y poderoso. Dijo Claus.

—Si, eso sería cierto en circunstancias normales, sin embargo estaba casi segura de que morirías pronto. Pero no podía esperar a que dejaras de respirar, porque entonces los gusanos, insectos y bacterias vendrían para descomponer tu cuerpo y tendríamos que repartir entre más.

—¿Y que te ha hecho pensar que no iba a sobrevivir?

-Pues mira, llevaba horas observándote y no te has movido del suelo, creía que te habías rendido y que no ibas a luchar por tu vida. Lo coherente es que hubieras buscado refugio, alimento y agua. Pero no vi la más mínima intención de hacerlo por tu parte. Nunca había observado un ser con un instinto de supervivencia tan pobre. —Las palabras de la rata hicieron reflexionar a Claus, era cierto, había estado lamentándose y buscando culpables de su situación pero no se le había ocurrido hacer nada para cambiarla.

En estas cavilaciones estaba cuando percibió  que algo se movía a su espalda, giró la cabeza rápidamente para comprobar de que se trataba. La visión que apareció ante él era terrorífica. Miles de ratas por todas partes, en el suelo, sobre las estanterías, dentro de los armarios y también encaramadas a los focos instalados en las paredes. Todas estaban en posición de ataque, lo miraban con los ojos inyectados en sangre y enseñándole sus afilados dientes.

—Te presento a mi familia. —Dijo la rata parlante. La sangre de Claus se heló cuando escuchó esas palabras. Estaba rodeado y no tenía escapatoria, estaba. El animal volvió ha hablar.–– Hoy tenemos banquete. ¡Acabad con él!¡Ahora!

Los roedores se arrojaron encima del hombre que las apartaba a manotazos, pero enseguida llegaban otras. Cientos de pequeños y cortantes dientes le producían un dolor punzante por las manos, el cuello, el pecho y las orejas. Se defendió como pudo, hasta que el peso de la jauría sobre su cuerpo y la fatiga producida por la lucha provocaron que sus rodillas flaquearan y se desplomó quedando boca arriba en el suelo. Estaba débil y demasiado agotado para seguir peleando.

—- Dejadme por favor, no me matéis. Dijo jadeando.–– ¡Quiero vivir! —Chilló.

—- ¿Ahora quieres vivir Claus? —Dijo la rata líder mientras ascendía pausadamente por su torax.Durante mucho tiempo has podido hacerlo. Sin embargo te has dedicado a amargarte tú y a los que te rodeaban. Preocupándote únicamente de lo que no podías controlar.– Nunca actúas, te dejas arrastrar por la corriente. Culpando siempre a las circunstancias, a los demás, o a tu falta de capacidades. Eres un cobarde Claus. Y por eso te has encerrado en tus pensamientos negativos, porque no tienes el valor para enfrentarte con la realidad.

Cada frase de la rata, producía un escalofrío en el corazón de Claus que se expandía todo su cuerpo. Flexionó sus cervicales con dificultad para observar al animal avanzando por encima de su cuerpo. Con cada paso aumentaba de tamaño. Siguió progresando hasta que llegó a colocar su cabeza por encima de la de Claus y con sus patas delanteras le aplastó la clavícula. Ya no era un pequeño roedor, se había convertido en una bestia tan grande como un lobo, inclinó su cuello con lentitus para que el hombre viera su rostro. No tenía ojos, solo cuencas penumbrosas. El engendro acercó entonces su hocico baboso y pestilente a escasos centímetros de la boca del hombre.

— Quieres vivir…. ¿no, Claus?. —Preguntó con ritmo pausado y tono satírico.Pues ya es demasiado tarde para ti. —Dijo incrementando el tono de voz. Abrió sus enormes fauces mostrando una afilada y terrorífica dentadura, acto seguido lanzó una feroz dentellada hacía la derecha de la cara de Claus. Este notó como se le desgarraban la carne y los tendones, al mismo tiempo que se trituraban los huesos de su hombro. Supo entonces que ese era el dolor de la muerte y gritó con todas sus fuerzas pensando que sería lo último que haría en su vida. Y de pronto todo quedó en tinieblas.

El intenso dolor del hombro seguía presente, pero no sentía la presencia de la bestia. Jadeaba y estaba empapado en sudor. Notaba por todo su cuerpo los ecos del pánico vivido. Tenía la mente aturdida, intentaba comprender lo que había pasado y poco a poco fue centrando su consciencia.

«¿Ha sido un sueño?» Pensó. La oscuridad era absoluta, volvió a sentir hambre, sed, dolor y frío, sobre todo frío. Pero ahora todo lo percibía de diferente forma. Esas sensaciones tan negativas antes, ahora le hacían sentirse vivo. Pero también le indicaban, que si no actuaba, moriría por hipotermia o inanición. Comenzó a mover primero los dedos, que aunque estaban congelados aún respondían, después flexionó y estiro las piernas varias veces, las rodillas le crujieron dolorosamente y por último apoyó el brazo sano para ponerse en pie apoyando el cuerpo en la puerta de su inesperado calabozo.

Claus frecuentaba a menudo el almacén, el día de su encierro lo había divido entre este y las oficinas por culpa del dichoso inventario, pero debido a que su atención casi siempre estaba en quejosos pensamientos, le costaba hacerse una imagen mental clara de la sala. Se concentró y recordó un banco de trabajo situado a la izquierda de la entrada. Se dirigió hacia él despacio y tanteando la pared. Pensó que allí habría herramientas que podría utilizar para abrir la puerta. Lo palpó hasta que topó con el panel de herramientas, pero la persiana estaba cerrada. Intentó levantarla, imposible, tenía un pestillo con candado.

Abrió los cajones del banco y los registró al tacto, había muchos objetos variados pero no localizó las llaves. Encontró un encendedor que funcionaba y gracias a la llama de este, consiguió una iluminación suficiente para seguir revisando el resto del almacén.

Había decenas de estanterías repletas de rollos de papel. Desenrolló uno de ellos y lo troceó para colocarlos entre su piel y la ropa, poco a poco forró así todas las prendas que llevaba, pensó que de esta forma estaría más aislado el frío. De un botiquín sacó un envase de un cuarto de litro de suero fisiológico, se humedeció la boca primero con cautela, después le dio un trago y bebió la mitad. Utilizó una venda para hacerse, con mucha dificultad, un cabestrillo que le alivió un poco el dolor.

Y durante mucho tiempo continuó inspeccionando a golpe de mechero, utilizando o descartando objetos. Se sentía con energía que provenía de la necesidad por encontrar soluciones a sus problemas, pero llegó el momento en que esta comenzó a decaer, estaba aturdido, le costaba concentrarse y muy fatigado, tenía que descansar. Colocó unos cartones en el suelo para reposar sobre ellos. Cerró los ojos, sintió como entraba y salía el aire de sus pulmones y poco a poco se fue relajando. Permaneció así por algún tiempo hasta que su mente quedó totalmente despejada y comenzó a reflexionar sobre su situación.

Su boca estaba algo seca, pero tenía medio bote de suero, al llevar el brazo inmovilizado, el dolor era soportable, sabía que el ser humano podía aguantar mucho tiempo sin comer. Por lo tanto estos problemas los tenía controlados.

Pero la temperatura era inferior a cero grados, evidenciaba síntomas de hipotermia aguda desde hacía mucho tiempo, tenía la punta de los dedos azules, los temblores eran muy violentos, la respiración agitada y le costaba mucho moverse. Había buscado sin éxito estufas, o cualquier otro tipo de fuente de calor que pudiera poner en marcha. Era consciente de que si no encontraba una solución pronto moriría sin remedio.

La idea de que podría encender una fogata, quemando los rollos de papel, le rondaba la cabeza una y otra vez, pero sabía que esto sería un suicidio, porque no había suficiente ventilación. Recordó una ocasión, en la cual quedaron dos operarios atrapados por un incendio dentro de ese mismo almacén, no sufrieron quemaduras pero estuvieron al borde de la axfisia y pasaron varios días hospitalizados por la inhalación del humo.

«Por suerte fueron rápidamente a rescatarlos, menos mal que se activó la alarma contra incendios.» Pensó. Y en ese momento sintió un cosquilleo que le ascendió desde el pecho hasta la cabeza…

…El domingo, cuando recibió la llamada, Agustín estaba desayunando. Cinco minutos después conducía su coche dirigiéndose a la fábrica. Llegó al mismo tiempo que el camión de bomberos, les hizo un gesto para que le siguieran hasta el aparcamiento. Cuando abrió la puerta del vehículo, escuchó el estridente sonido de la sirena de incendios. Sin perder ni un segundo, entró en el edificio principal y fue directo a la centralita para comprobar la zona en alarma.

—-En el almacén. Vamos, rápido, es por aquí. —Dijo indicando el camino. Uno de los bomberos abrió la puerta siguiendo el protocolo establecido para estos casos, alumbraron en el interior con las linternas comprobando que no había humo aunque olía a plástico quemado. Llevados por la experiencia enfocaron la luz hacia el techo y observaron que el detector de incendios estaba ennegrecido y parcialmente carbonizado.

—No hay fuego, puedes activar el alumbrado. —Dijo el bombero a Agustín.

A paso veloz, se dirigió al cuadro eléctrico general para ejecutar lo que le habían indicado. Cuando regresó, observó sorprendido que los dos bomberos estaban de rodillas, auxiliaban a un hombre tendido en el suelo. Asomó la cabeza por encima de los cascos rojos y no se podía creer lo que vio ¡Era Claus! Tenía las orejas y la nariz azuladas y el cuerpo rígido. Junto a él, había restos de papeles quemados y una escalera portátil.

Agustín lo comprendió todo al mismo tiempo que se le tensaban sus mandíbulas. El viernes cuando cerró el almacén no se aseguró de que estuviera vacío, dio por hecho que Claus se había marchado a toda prisa, pero no fue así y lo encerró sin ser ni por un momento consciente de ello. Ingeniosamente, Claus había prendido papeles y acercado la llama al detector para activar la alarma contraincendios, pero no habían llegado a tiempo, estaba muerto, todo por su culpa.

Uno de los bomberos había colocado el oído sobre el pecho de Claus, después incorporó la cabeza y zarandeó varias veces la cara del hombre, hasta que de forma súbita abrió los ojos. Agustín lo miró compungido y sobresaltado por el susto. Y por primera vez desde que lo conocía, Claus le sonrió.

                                                                           FIN

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