Guitarrista (Capítulo 1)

Cuando sonó el despertador, hacía un buen rato que tenía los ojos abiertos . Había dormido a intervalos que entre todos no sumaban ni tres horas de sueño.

Estaba muy tensa por los acontecimientos que le esperaban durante el día. Comenzó a organizar todo lo necesario, tenía tiempo de sobra. Pero, por más prisa que se daba, no veía el momento de acabar con todos los preparativos. Mientras desayunaba tenía la impresión de que algo le quedaba en el tintero. Engullía la comida casi sin saborearla mientras hacía recuento mental una y otra vez de lo que tenía que resolver antes de salir por la puerta.

– Que no se me olvide nada. La guitarra, el móvil, la cartera, las llaves, el formulario…

– …¿Lo he guardado?  Se preguntó.

Se levantó al mismo tiempo que mordía compulsivamente una magdalena y caminó hasta llegar a la percha de la que descolgó el bolso para palpar en su interior. Al no tocar ningún papel, el corazón le dio un vuelco.

– ¿Dónde está? Dijo en voz alta.

Desesperada, volcó el contenido del bolso sobre la mesa. Examinó los objetos vertidos, pero el documento pero no estaba. Mientras escudriñaba a su alrededor con la mirada, iba aumentando su nerviosismo. De pronto, apareció su hermana Belinda con ojos dormijosos y el pelo revuelto.

– ¿Qué te pasa? ¿Y todo este jaleo? Dijo señalando la mesa.

– ¿Tú has cogido la solicitud para la prueba?

– No.

– Estoy segura de que la puse dentro del bolso. ¿O lo guardé en otro sitio? Dijo intentando recordar el momento en el que lo hizo.

– No, no. Lo metí anoche después de rellenarlo. Dijo introduciendo otra vez la mano.

Esta vez detectó con la yema de sus dedos la clásica textura de un papel. El impreso se había quedado encajado en el fondo.

– ¡Aquí está..!  Dijo suspirando cuando comprobó que era el formulario perdido.

– Madre mía Marta, cualquier día vas a perder la cabeza. Tienes que organizar bien tus cosas. Siempre te lo digo.

– Pero si lo tengo todo organizado.

– Si, si. Ya lo veo.

– Te has levantado muy temprano ¿No? Dijo Belinda, mirando la hora en su teléfono.

– Si, no quiero llegar tarde.

– Estás muy inquieta, es mejor que vayas tranquila.

– Claro, para ti es muy fácil decirlo. Dijo Marta.

– Te lo digo por experiencia. Mira yo, siempre que hago una presentación o una entrevista voy tranquilísima. Si me pusiera como tú, seguro que no me saldrían tan bien.

– Por ejemplo, ayer mismo traté con un cliente muy testarudo. Si me veía con dudas no conseguiría hacer un buen negocio. Pero Mantuve la calma y todo salió como la seda. Eso es lo que tienes que hacer tú.

 – Es verdad. Gracias Belinda. Me tengo que marchar.

– Hazme caso en lo que te digo, Marta. Sabes que llevo razón.

Regresó a la cocina, bebió lo que le quedaba de café de un sorbo y se dispuso a salir de casa. Pero antes hizo una última verificación de todos los enseres que necesitaba, por último se colgó la guitarra a la espalda y abrió la puerta.

– Hasta luego Marta, y recuerda lo que te digo siempre. Esfuérzate al máximo. Es la única forma que existe para tener éxito. Nadie te ayudará, lo que consigas lo vas a tener que hacer por ti misma. Así lo he hecho yo siempre.

– Tienes razón, eso haré. Gracias Belinda. Hasta luego. Dijo sin creer en sus propias palabras mientras dirigía a una breve mirada a su hermana

Marta bajó los escalones de la vivienda y salió a la calle. Desde el porche Belinda la observaba como se mira a un niño que se esfuerza por atrapar una chuchería de un estante inalcanzable para su altura.

A paso ligero se dirigió hacia la boca de metro. Por el camino se dio cuenta de que se había olvidado lavarse los dientes y se lamentó varias veces por ello.

Una vez en el andén miraba ansiosamente el reloj hasta que llegó el tren. Subió y se sentó en el primer asiento libre que localizó. Sintió un retortijón en el estómago, entonces respiró profundamente intentando tranquilizarse.

Tenía un largo trayecto por delante y mientras transcurría el tiempo percibía vagamente el deambular de los viajeros, eran bultos con ropa que subían y bajaban del vagón. Los sonidos tampoco le llamaban la atención, parecían simples murmullos sin significado concreto. Por un instante se dio cuenta de encontrarse en un estado de desinterés total por la realidad y sintió que el resto de pasajeros también estaban sumidos en él. Unos miraban sus aparatos electrónicos y otros dormitaban pero ninguno parecía muy consciente de lo que sucedía a su alrededor.

Enseguida volvió a centrarse en sus pensamientos, interrumpiéndolos únicamente para observar con obsesión los letreros con el nombre de cada una de las estaciones en las que paraba, puesto que temía pasarse la de su destino.

Se sentía muy cansada, pero no conseguía relajarse. Las notas de las partituras que llevaba practicando durante meses invadían su cabeza. Desde que recordaba le había fascinado la música. De muy niña le gustaba mucho cantar, pero le daba mucha vergüenza que la escucharan. Para su comunión le regalaron una guitarra, pasaron años hasta que decidió aprender a tocarla, y cuando lo al fin lo hizo, fue amparada por el anonimato que le proporcionaban las clases por Internet.

Desde el principio comprobó de que tenía buenas cualidades y rápidamente fue progresando. Reconocía notas y acordes aunque sonaran aisladamente, entonaba sin dificultad las melodías mientras se acompañaba con la guitarra, sentía el ritmo de las canciones por todo su cuerpo y era capaz de mantenerlo con total naturalidad. Lo más difícil de adquirir fue la coordinación y habilidad en los dedos, pero a fuerza de práctica había conseguido un nivel muy aceptable. Durante los últimos tres años había tocado casi todos los días. Ensayaba antes y después del trabajo y en sus días libres realizaba sesiones de hasta de cuatro o cinco horas por la mañana y si tenía tiempo también tocaba y cantaba por las tardes.

Su sueño era que algún día daría conciertos por grandes escenarios y sería aclamada por un público entregado a sus composiciones. Pero para ello lo primero que tendría que hacer era superar sus miedos y complejos. Por eso un día se armó de valor y decidió solicitar el ingreso en la academia de música más prestigiosa de la ciudad, era la oportunidad que necesitaba.

– Tengo que estar tranquila. Lo voy a conseguir, estoy preparada. Se decía una y otra vez.

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