Guitarrista (Capítulo 2)

Puedes leer el capítulo anterior en este enlace: Guitarrista (Capítulo 1)

En el vestíbulo de la escuela había un gran alboroto producido por conversaciones ruidosas, móviles sonando y personas moviéndose de un lado a otro. Aunque lo había hecho el día anterior, Marta comprobó que su nombre estaba en la lista correspondiente. Después de repasarlo por última vez, entregó el formulario a un empleado que estaba sentado junto a la entrada del auditorio en el que se realizaría la prueba.

En los pasillos muchos de los aspirantes ensayaban con sus instrumentos, pensó que debería hacer lo mismo, pero estaba un poco mareada y sentía dolores en los brazos y las piernas, por lo que decidió apoyar su espalda en la pared para intentar relajarse.

Observó a los chicos y chicas, todos sonreían, presentaban muy buen aspecto físico, y se movían con mucha seguridad. Se había informado de que un treinta por ciento de los candidatos obtendrían una plaza, solo un treinta por ciento.

– Parecen músicos profesionales, no puedo competir con ellos. No sé que hago aquí, voy a hacer el ridículo. Pensó.

Recordó las partes más complicadas del tema que iba a interpretar, las había repetido mil veces ejecutándolas perfectamente, pero únicamente rememoraba los momentos puntuales en los que había sonado mal algún acorde.

Llegó la hora límite de entrega de documentación y el hombre de la puerta comenzó a nombrar para ir asignando los dorsales.

– Podéis pasar. Seguidme. Dijo después de repartir los números.

Los candidatos lo acompañaron, igual que lo hace un rebaño de ovejas cuando el pastor las encamina por una senda desconocida. Accedieron a los bastidores de un lateral del teatro.

– Esperad aquí. Os iremos llamando de uno en uno por orden y entonces salís al escenario. ¿De acuerdo?

Había muy poco espacio para tantas personas, Marta se sintió fuera de lugar. Observo que muchos hablaban entre ellos, pero a ella no se dirigía nadie. Cada vez que se movía, su guitarra chocaba con alguien que le miraba con mala cara. Comenzó a sudar, pero sus pies y manos estaban fríos. Entonces sintió un pinchazo en las tripas y entrecerró los ojos como consecuencia del dolor.

– No, ahora no. Pensó mientras apretaba los puños y tensaba el abdomen para no hacérselo encima.

Hizo varias respiraciones intensas pero cortas y milagrosamente fueron disolviéndose las ganas. Miró a su alrededor y le pareció que todos la miraban con cara de mofa, incluso escuchó alguna risita. De pronto llamaron al primero de la lista, de inmediato un chaval alto se dirigió con paso firme hacia el escenario.

No le gustaba nada la situación de espera en la que se encontraba y se alegró de haber llegado temprano, puesto que por este motivo le fue asignado uno de los primero números, cuanto antes tocara mejor. Pero por otro lado tuvo el pensamiento de que no sería mal momento para que hubiera una alarma de incendio, o que se desatara la tercera guerra mundial, así se suspendería la prueba y acabaría su sufrimiento.

Su dialogo interno proseguía sin descanso hasta que escuchó un sonido sutil y agradable, procedía de un piano. Puso más atención, era una música dulce y atrayente. Se dejó llevar por la melodía que encajaba a la perfección en su mágica armonía. Y así fue escuchando uno tras otro a todos los concursantes y de esta forma se fue relajado por primera vez desde que empezó el día. Disfrutaba con cada interpretación. Todos los aspirantes tocaban bien, incluso algunos, por momentos lo hacían genialmente. Pero descubrió que el nivel no era tan alto como se había temido, su confianza iba creciendo conforme detectaba notas falladas, ritmos alterados e incluso algún instrumento que no estaba del todo bien afinado. Pensó que ella podía hacerlo mejor que muchos de ellos.

Su tranquilidad se vio súbitamente alterada cuando llamaron al aspirante que tenía el número que precedía al suyo. Mientras lo escuchaba deseó que no acabara nunca, si fuese por ella se quedaría ahí escuchando ese violín por el resto de su vida, pero la interpretación finalizó. Cuando escuchó su número sintió como si tuviera que salir de un burladero para dirigirse sin remedio hacia las astas de un toro. Apretó con sus manos los tirantes de la funda de la guitarra y salió a escena.

Oteó el panorama. El escenario estaba bien iluminado, en él había muchas sillas y atriles, dos pesados altavoces en cada lateral, un micrófono en el centro junto a un amplificador, y un imponente piano a la izquierda que proporcionaba un toque esencial al tratarse del auditorio de una escuela de música. La sala contaba con doscientas butacas, pero ese día estaba prácticamente vacía, solo tres asientos de la primera fila estaban ocupados. El tribunal de admisión lo componía un hombre de mediana edad y de rostro severo, una mujer gruesa de cara amable y una chica atlética con expresión inteligente.

– Buenos días. ¿Tu nombre?Dijo el hombre.

– Marta.

– ¿Cuál es tu experiencia musical?

– Ninguna, es la primera vez que voy a tocar en público.

En una ocasión se había atrevido a tocar para su hermana mayor, pero la experiencia había sido frustrante, porque aunque Belinda la presenciaba no le prestaba demasiada atención, no parecía disfrutar mucho de la música y daba la sensación de estar deseando que terminara. Esto hizo que Marta poco a poco se fuera achicando y acabó tocando mucho peor de cómo podía hacerlo.

– Muy bonito Marta. Dijo Belinda, cuando terminó la canción. Y acto seguido se marchó a toda prisa.

La voz del hombre la sacó de sus recuerdos.

– ¿Y cuánto tiempo llevas tocando la guitarra en privado?

La respuesta a esa pregunta la tenía perfectamente preparada, había decidido decir menos tiempo del real para darle más valor a su ejecución.

– ¿Dos años? Dijo simulando no estar segura.

– ¿Dónde recibes clase?

– Aprendo por mi cuenta. Con libros e Internet.

– Ah, muy bien, tenemos a una autodidacta entre los aspirantes. Dijo el hombre con tono socarrón.

Pero a Marta le gustó este comentario y sonrió ligeramente.

-¿Que estilo musical es el que practicas?

Esta pregunta no la esperaba, pensó rápidamente en sus músicos favoritos, pero se dio cuenta de que no conocía claramente los nombres de los estilos a los que pertenecían, no quería meter la pata diciendo una burrada, entonces se sintió abrumada y sin respuesta.

– No sé… Titubeó.

– Me gusta todo tipo de música. Ahora no sabría decir ningún estilo concreto. Dijo, pensando en lo insegura que había sonado su contestación.

Observó cómo los miembros del jurado se miraban y le pareció entrever una sonrisilla cómplice entre ellos.

– Vale, sorpréndenos. Puedes empezar tu interpretación. Dijo el hombre.

Sacó la guitarra de su funda. Había llegado el momento para el que tanto se había preparado, lo esperaba durante meses con ilusión pero también con mucho miedo. Tenía el corazón tan acelerado que sentía su palpitación en las sienes, las rodillas le temblaban y tenía los brazos agarrotados.

– Tranquila Marta, puedes hacerlo, relájate, confía en ti misma. Se dijo.

Contó los tiempos del compás mentalmente.

– Uno, dos, tres… Paró y respiró hondo.

– Vamos, vamos. Uno, dos, tres, cuatro…

…Y con la uña del dedo pulgar de su mano derecha tocó la primera nota y percibió una ligerísima alteración frecuencial… ¡Había olvidado afinar! Para cuando lo asimiló, estaba a mitad de la intro del tema. Ya no podía dar marcha atrás, tendría que proseguir con ese inconveniente.

Se concentró en el ritmo de la canción, era su especialidad y con lo que se sentía más segura. Movía lo dedos con agilidad, el sonido que estaba produciendo era limpio y contundente. Conocía el tema nota a nota y con todos sus matices de principio a fin. Después de mucho meditarlo, había decidido que no cantaría la melodía, la balada perdía una letra preciosa, pero tenía menos factores de riesgo si solo la ejecutaba con la guitarra.

– Bien, vas bien, tranquila, no te aceleres. Pensó mientras hacía una respiración profunda durante un silencio de la canción.

Se estaba aproximando a la parte más difícil de la pieza, y sin quererlo comenzó a visualizarla mentalmente y un segundo antes de tocarla se vio fallando en ella. Por eso cuando llegó la temida sucesión de acordes se concentró al máximo. Con los dedos de la mano izquierda pulsó sobre los trastes con fuerza y con las uñas de la derecha fue acariciando las cuerdas con suavidad. No fue perfecto, pero si correcto. Continuó la interpretación mientras suspiraba aliviada, e inconscientemente dirigió hacia el frente la mirada y la cruzó con las de su reducido público.

Percibió en sus rostros una sutil falta de interés y vio como el hombre cuchicheaba algo al oído de la chica. De pronto algo crujió en el interior de su vientre y lenta pero incesante fue envolviéndola la bruma de un pánico de origen indeterminado…

…Comenzó a perder el control. No distinguía con su precisión habitual los sonidos de la melodía y le resultaba imposible que los acordes mantuvieran su armoniosa conexión. Entonces ocurrió lo que la desconcentró definitivamente, equivocó el ritmo de un compás. A partir de aquí su ejecución se fue desmoronando como lo hace un castillo de arena cuando la espuma de una ola acaricia sus cimientos.

Los mensajes que su cerebro enviaba a sus manos comenzaron a ser imprecisos, pisaba sin tacto y a destiempo las cuerdas y por fin sucedió lo inevitable… Falló una nota. Su mente estaba completamente nublada, los dedos se le agarrotaron, su visión se emborronó y dejo de escuchar lo que tocaba.

Jamás pudo recordar el tiempo que pasó en ese estado de bloqueo, ni que tipo sonidos fueron producidos por una guitarra guiada por una persona sin control sobre sus actos.

De pronto una voz áspera y autoritaria la hizo detenerse.

– ¡Basta!, por favor. Ya está bien.

– Deja de maltratar a ese pobre instrumento.

Marta se detuvo y miró al hombre, estaba de pie al borde del escenario, lo había escuchado pero no asimilaba aún el mensaje de sus palabras. Dirigió su vista hacia la guitarra, sus manos la sujetaban con tanta fuerza, que le pareció que estaban encoladas a ella.

– ¿Qué te ha pasado Marta? Habías empezado bien. Te han traicionado los nervios. ¿No? Dijo la mujer obesa.

Marta miró de forma atolondrada a la señora y asintió con la cabeza varias veces sin decir palabra alguna.

– Tranquila. No pasa nada. Prosiguió la miembro del jurado con cara comprensiva.

 – No te preocupes. Te entendemos perfectamente, no es la primera vez que lo vemos. Dijo la otra.

– Es verdad, sabemos lo estresante que es esta prueba y es normal que os pueda la presión. Dijo de nuevo la mayor de las mujeres.

Marta oía las voces, por el tono de las mismas y por las expresiones en los rostros percibía que eran palabras de consuelo, pero su mente no era capaz de procesar nada más. El hombre se había vuelto a sentar y miraba hacia el escenario con expresión aburrida mientras sus compañeras dialogaban con la aspirante. Al observarlo, Marta salió de su aturdimiento. Él la miró a los ojos y recitó una sentencia que tenía completamente interiorizada.

– Muchas gracias. Recibirás una carta de la escuela a tu domicilio. Suerte.

Marta buscó ayuda en las dos mujeres, pero sus miradas eran de condescendencia y no le proporcionaron ninguna esperanza. Entonces visualizó su sueño desvaneciéndose, nunca se haría realidad, finalmente resultó ser un espejismo.

Quería marcharse lo antes posible, se dispuso a guardar la guitarra en su estuche, pero le temblaban tanto las manos que era incapaz de cerrarlo. No podía soportar esa humillante situación por más tiempo, lo agarró todo como pudo, bajó del escenario y fue acelerando el paso hasta llegar a la salida.

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