Audición

Puedes leer el capítulo anterior en este enlace: Guitarrista (Capítulo 1)

El vestíbulo de la escuela estaba alborotado por conversaciones ruidosas, móviles sonando y personas moviéndose de un lado a otro. Aunque lo hizo el día anterior, Marta comprobó que su nombre estaba en la lista correspondiente y después de asegurarse por última vez, entregó el formulario a un empleado que estaba sentado junto a la entrada del auditorio en el que se realizarían las pruebas.

En los pasillos, muchos de los aspirantes ensayaban con sus instrumentos, pensó que debería hacer lo mismo, pero estaba un poco mareada y sentía dolores en los brazos y las piernas, por lo que decidió apoyar su espalda en la pared para intentar relajarse. Observó a los chicos y chicas, todos sonreían, presentaban muy buen aspecto físico y se movían con mucha seguridad. Según las bases de la prueba, un treinta por ciento de los candidatos obtendrían una plaza, solo un treinta por ciento. «Parecen músicos profesionales, no puedo competir con ellos. No sé que hago aquí, voy a hacer el ridículo.» Masculló.

Recordó las partes más complicadas del tema que interpretaría, las había ejecutado a la perfección más de mil veces, pero únicamente rememoraba los momentos puntuales en los que había sonado mal algún acorde. En esas rumiaciones estaba cuando llegó la hora límite de entrega de documentación y el encargado comenzó a nombrar a los aspirantes para ir asignando los dorsales.

— Podéis pasar. Seguidme. —Indicó después de repartir los números. Los candidatos lo acompañaron, igual que lo hace un rebaño de ovejas cuando el pastor las encamina por una senda desconocida. Accedieron a los bastidores de un lateral del teatro.— Esperad aquí. Os irán llamando de uno en uno por orden. ¿De acuerdo?

Había poco espacio para tantas personas, Marta se sintió fuera de lugar. Le daba la impresión de que todos tenían a alguien con quien charlar, excepto ella que estaba sola y sin ninguna relación. Cada vez que se movía, su guitarra chocaba con alguien que le miraba con mala cara. Comenzó a sudar, pero sus pies y manos estaban fríos. Entonces sintió un pinchazo en las tripas y entrecerró los ojos como consecuencia del dolor.» No, ahora no. Por favor.» Pensó mientras apretaba los puños y tensaba el abdomen para no hacérselo encima. Realizó varias respiraciones intensas pero cortas y, milagrosamente, fueron disolviéndose las ganas. Miró a su alrededor y le pareció que todos la observaban con cara de mofa, incluso escuchó alguna risita.

De pronto llamaron al primero de la lista, de inmediato un chaval alto se dirigió con paso firme hacia el escenario. A Marta no le gustaba nada la situación de espera en la que se encontraba y se alegró de haber llegado temprano, puesto que por este motivo le fue asignado uno de los primero números, cuanto antes tocara mejor. Por otro lado, pensó que no sería mal momento para que hubiera una alarma de incendio o que se desatara la tercera guerra mundial, así se suspendería la prueba y acabaría su sufrimiento.

Su dialogo interno proseguía sin descanso hasta que advirtió un sonido sutil y agradable, procedía de un piano. Puso más atención, era una música dulce y atrayente. Se dejó llevar por la melodía que encajaba a la perfección en su mágica armonía. Y así, fue escuchando uno tras otro a todos los concursantes, de esta forma se fue relajado por primera vez desde que empezó el día. Disfrutaba con cada interpretación. Casi todos los aspirantes tocaban bien, algunos incluso genial. Pero también descubrió que el nivel no era tan alto como se había temido, su confianza iba creciendo conforme detectaba notas falladas, ritmos alterados e incluso algún instrumento que no estaba del todo bien afinado. Pensó que ella podía hacerlo mejor que muchos de ellos.

Su tranquilidad se vio alterada cuando llamaron al aspirante que tenía el número que precedía al suyo. Deseó que no acabara nunca, si fuese por ella se quedaría ahí escuchando ese violín por el resto de su vida, pero la interpretación finalizó. Al otro lado del telón, alguien pronunció en voz alta su número. Era el momento, tenía que salir de su burladero para dirigirse sin remedio hacia las astas del toro. Apretó los tirantes de la funda de la guitarra y salió a escena.

Oteó el panorama. El teatro estaba bien iluminado y lleno de sillas y atriles, dos pesados altavoces en cada lateral, un micrófono en el centro junto a un amplificador y un imponente piano a la izquierda que, al tratarse del auditorio de una escuela de música, le proporcionaba un toque esencial. La sala contaba con doscientas butacas, pero ese día solo tres asientos de la primera fila estaban ocupados. El tribunal de admisión lo componía un hombre de mediana edad y de rostro severo, una mujer gruesa de cara amable y una chica atlética con expresión inteligente.

— Buenos días. ¿Tu nombre? —Preguntó el hombre.

— Marta.

— ¿Cuál es tu experiencia musical?

— Es la primera vez que voy a tocar en público. —Titubeó.

En una ocasión se había atrevido a tocar para su hermana mayor, pero la experiencia había sido frustrante, porque, aunque Belinda la presenciaba, no le prestaba demasiada atención, no parecía disfrutar mucho de la música y daba la sensación de estar deseando que terminara. Esto hizo que Marta, poco a poco, se fuera achicando y tocara mucho peor de cómo podía hacerlo.

— Muy bonito Marta. —Dijo Belinda, cuando terminó la canción. Y acto seguido se marchó a toda prisa. La voz del examinador la sacó de sus recuerdos.

— ¿Y cuánto tiempo llevas tocando la guitarra en privado? —Había preparado la respuesta para pregunta y decidió decir menos tiempo del real para darle más valor a su ejecución.

— ¿Dos años? —Dijo preguntándoselo simulando así no estar segura.

— ¿Dónde recibes clases?

– Aprendo por mi cuenta. Con libros e Internet.

— Ah, muy bien, tenemos a una autodidacta entre los aspirantes. —Dijo el hombre con tono socarrón. Pero a Marta le gustó este comentario y sonrió ligeramente.–-¿Que estilo musical es el que practicas? —Continuó el hombre.

Esta pregunta no la esperaba, pensó lo más rápido que pudo en sus músicos favoritos, pero se dio cuenta de que no conocía los nombres de los estilos a los que pertenecían, no quería meter la pata diciendo una burrada, entonces se sintió abrumada y sin respuesta.

— No sé… —Balbuceo.– Me gusta todo tipo de música. Ahora no sabría decir ningún estilo concreto. —Dijo, pensando en lo insegura que había sonado su contestación. Acto seguido, observó cómo los miembros del jurado se miraban y le pareció entrever una sonrisilla cómplice entre ellos.

— Vale, sorpréndenos. Puedes empezar tu interpretación. —Dijo el hombre.

Sacó la guitarra de su funda. Había llegado el momento para el que tanto se había preparado, lo esperaba durante meses con ilusión pero también con mucho miedo. Tenía el corazón tan acelerado que sentía su palpitación en las sienes, las rodillas le temblaban y tenía los brazos agarrotados. «Tranquila Marta, puedes hacerlo, relájate, confía en ti misma.» Se dijo.

Contó los tiempos del compás mentalmente.» Uno, dos, tres…» Paró y respiró hondo. «Vamos, vamos. Uno, dos, tres, cuatro…» Y con la uña del dedo pulgar de su mano derecha tocó la primera nota y percibió una ligerísima alteración frecuencial… «¡Mierda! He olvidado afinar.» Para cuando lo asimiló, estaba a mitad de la intro del tema. Ya no podía dar marcha atrás, tendría que proseguir con ese inconveniente.

Se concentró en el ritmo de la canción, era su especialidad y con lo que se sentía más segura. Movía lo dedos con agilidad, el sonido era limpio y contundente. Conocía el tema nota a nota y con todos sus matices de principio a fin. Después de mucho meditarlo, había decidido no cantar la melodía, la balada perdía una letra preciosa, pero tenía menos factores de riesgo si solo la ejecutaba con la guitarra.»Bien, vas bien, tranquila, no te aceleres.» Pensó mientras hacía una respiración profunda durante un silencio de la canción.

Se estaba aproximando a la parte más difícil de la pieza, sin quererlo comenzó a anticiparla mentalmente y, un segundo antes de tocarla se visualizó fallando. Por ello, cuando llegó la temida sucesión de acordes se concentró al máximo. Con los dedos de la mano izquierda pulsó sobre los trastes con fuerza y con las uñas de la derecha fue acariciando las cuerdas con suavidad. No fue perfecto, pero si correcto. Continuó la interpretación mientras suspiraba aliviada.

De forma inconsciente dirigió hacia el frente la mirada y la cruzó con las de su reducido público. Percibió en sus rostros una sutil falta de interés y vio como el hombre cuchicheaba algo al oído de la chica. De pronto algo crujió en el interior de su vientre y lenta pero incesante fue envolviéndola la bruma de un pánico de origen indeterminado. Enseguida se dio cuenta de que estaba comenzando a perder el control. No distinguía con su precisión habitual los sonidos de la melodía y le resultaba imposible que los acordes mantuvieran su armoniosa conexión. Entonces ocurrió lo que la desconcentró definitivamente, equivocó el ritmo de un compás. A partir de aquí su ejecución se fue desmoronando como lo hace un castillo de arena cuando la espuma de una ola acaricia sus cimientos.

Los mensajes de su cerebro comenzaron a ser imprecisos, pisaba sin tacto y a destiempo las cuerdas y por fin sucedió lo inevitable… Falló una nota. Su mente se nubló por completo, los dedos se le agarrotaron, su visión se emborronó y por último dejo de escuchar lo que tocaba. Jamás pudo recordar el tiempo que interpretó en ese estado de bloqueo, ni que tipo sonidos fueron producidos por la guitarra guiada por una persona sin control sobre sus actos. De pronto, una voz áspera y autoritaria la hizo detenerse.

— ¡Basta!, por favor. Ya está bien.– Deja de maltratar a ese pobre instrumento. Marta se detuvo y miró al hombre, estaba de pie al borde del escenario, lo había escuchado pero no asimilaba aún el mensaje de sus palabras. Dirigió su vista hacia la guitarra, sus manos la sujetaban con tanta fuerza, que le pareció que estaban encoladas a ella.

— ¿Qué te ha pasado Marta? Habías empezado bien. Te han traicionado los nervios. ¿No? —Dijo la mujer obesa. Marta miró de forma atolondrada a la señora y asintió con la cabeza varias veces sin decir palabra alguna.–– Tranquila. No pasa nada. —Prosiguió la miembro del jurado con cara comprensiva.

 —No te preocupes. Te entendemos perfectamente, no es la primera vez que lo vemos. —Interpeló la otra.

— Es verdad, sabemos lo estresante que puede llegar a ser esta prueba. Es normal que os pueda la presión. —Dijo de nuevo la mayor de las mujeres.

Marta oía las voces, por el tono de las mismas y por las expresiones en los rostros percibía que eran palabras de consuelo, pero su mente no era capaz de procesar nada. El hombre se había vuelto a sentar y miraba hacia el escenario con expresión aburrida mientras sus compañeras dialogaban con la aspirante. Al observarlo, Marta salió de su aturdimiento. Él la miró a los ojos y recitó una sentencia que tenía muy bien interiorizada.

— Muchas gracias. Recibirás una carta de la escuela a tu domicilio. Suerte.

Marta buscó ayuda en las dos mujeres, pero sus miradas eran de condescendencia y no le proporcionaron ninguna esperanza. Entonces visualizó su sueño desvaneciéndose, nunca se haría realidad, finalmente resultó ser un espejismo. Quería marcharse lo antes posible, se dispuso a guardar la guitarra en su estuche, pero le temblaban tanto las manos que era incapaz de cerrarlo. No podía soportar esa humillante situación por más tiempo, lo agarró todo como pudo, bajó del escenario y fue acelerando el paso hasta llegar a la salida.

Continua leyendo la historia haciendo clic en el siguiente enlace: Guitarrista (Capítulo 3)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Ir arriba