metro

Puedes leer el capítulo anterior en este enlace: Guitarrista (Capítulo 2)

Al atardecer, junto a su guitarra, una joven cabizbaja recorría en metro las entrañas de una gran ciudad sin ningún deseo de llegar a su destino. Tenía la nariz colorada y los ojos muy hinchados. Le quedaba un largo trayecto por delante. Había mucho ruido y alboroto a su alrededor, pero le parecía todo muy distante e inconcreto. Su mente estaba en otra emisora, el programa en sintonía podría llamarse: Lamentos y culpas. «No sirvo para nada. Soy un asco de persona.« «No se tocar y no se cantar. Me he estado engañando a mí misma.» » He desperdiciado tres años de mi mierdosa vida.«

Por enésima vez desde que acabó la audición visualizo la misma escena y apretó los dientes con rabia. Llegaba a casa y su hermana la estaba esperando.

— ¡Que Marta! ¿Cómo te ha ido? —Le preguntaba con media sonrisa mientras enarcaba una ceja. Pensó en decenas de respuestas que podría darle, desde no hablar, hasta mentirle, pasando por derrumbarse siendo sincera. Pero, ante todas ellas, las reacciones de Belinda eran muy similares.

— Eso lo sabía yo. Como nunca me haces caso, mira cómo te ves ahora. Estás desaprovechando tu vida. Cuando te vas a dar cuenta de que el mundo no son las cuatro tonterías que tienes en la cabeza…

El tren frenó con brusquedad ante la cercanía de una nueva parada, Marta miró hacia la enfundada guitarra y la culpabilizó de todas sus desgracias.»No volveré a tocar nunca más, lo juro.» Se dijo. «Aquí mismo voy a dejar este chisme, a ver si se la encuentra alguien y la aprovecha.«» O mejor aún, ojalá la tiren a un contenedor o la quemen.«

El vagón se detuvo por completo y contempló cómo bajaban varios caminantes de metro. Al mismo tiempo, otro entró por la puerta más alejada de donde ella se encontraba. Enseguida percibió que este no era como los demás, pelo desaliñado, ropa vieja y sucia, frotamientos compulsivos de los brazos y ojos nerviosos escudriñando a todos los viajeros. Cada vez estaba más pendiente del nuevo pasajero y sus pensamientos iban quedando en segundo plano.

Un fuerte temblor recorrió el cuerpo de Marta, seguido de una contracción de toda su musculatura, eran reacciones ante la activación de las alarmas de peligro cercano. Disminuyó la velocidad del tren mientras se acercaba a la siguiente parada. Cuando se detuvo, la mayor parte de pasajeros se apearon en desbandada. Marta, sin embargo, no se movió, por segunda vez en ese día estaba paralizada.

En esta ocasión no subió nadie y el sonido producido por el cierre de compuertas la hizo reaccionar. El personaje que, había provocado la fuga de la mayoría de viajeros, se le acercaba. Lo hacía con cierto disimulo, como un carroñero hambriento que se aproxima a una joven presa. Marta oteó el vagón, observó con cierto alivio que entre ella y el inquieto viajero permanecían dos hombres altos y fornidos que hablaban entre ellos. Esta vez se activaron los mecanismos de huida, se puso en pie, agarró sus pertenencias de forma instintiva y se colocó junto a la puerta. El metro volvió a desacelerar y entonces pensó que tenía muy cerca la salvación. Mientras tanto, los hombres por los que se había sentido escudada se situaron cerca de otra de las salidas. El tren se detuvo. Marta estaba ansiosa por escapar. Observó que la otra puerta se abría y las dos personas salían, sin embargo la suya permanecía cerrada. Su mirada se cruzó la con la del andrajoso individuo y un repeluzno recorrió su espalda de abajo a arriba.«¿Qué pasa? Ábrete ya.» Pensó desesperada.

Estudió la posibilidad de dirigirse a la otra salida, pero el harapiento estaba ya a la altura de la misma. Miró a través de la ventanilla, su salvación estaba cerca, pero estaba pasado algo por alto. Inspeccionó otra vez la puerta, en esta ocasión vio el pulsador de apertura en donde no advirtió su presencia antes. Había usado cientos de veces ese botón, pero con la tensión de la situación olvidó por completo su existencia. Lo golpeó con todas sus fuerzas y la puerta se abrió con su clásico y molesto ruido, que en esta ocasión a Marta le pareció un delicioso sonido. Entonces dio el paso que le faltaba para huir.

Una vez en el andén, giró su cabeza temiendo ser perseguida. A través de la ventanilla vio la silueta del hombre, parecía que había perdido el interés en ella, porque dirigía su mirada hacia otro lado, esto la hizo suspirar aliviada. Pero, la curiosidad le atrajo a conocer el motivo que había llamado la atención del individuo. Se sobresaltó al observar que una señora entraba en el tren por otra puerta, llevaba de la mano a una niña y con la otra empujaba un carrito de bebé. Marta cerró los puños y apretó las mandíbulas mientras todos sus músculos se tensaron.

Continua leyendo la historia haciendo clic en el siguiente enlace: Guitarrista (Capítulo 4)

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