Guitarrista (Capítulo 3)

Puedes leer el capítulo anterior en este enlace: Guitarrista (Capítulo 2)

Al atardecer, una chica joven viajaba cabizbaja junto a una guitarra. Recorría en metro las entrañas de una gran ciudad sin ningún deseo de llegar a su destino.

Tenía la nariz colorada y los ojos muy hinchados. Le quedaba aún un largo trayecto por delante. Había mucho ruido y alboroto a su alrededor, pero le parecía todo muy distante e inconcreto. Su mente estaba en otra emisora, el programa en sintonía podría llamarse «lamentos y culpas».

– No sirvo para nada. Soy un asco de persona.

– No se tocar y no se cantar. Me he estado engañando a mí misma.

– He desperdiciado tres años de mi mierdosa vida.

Por enésima vez desde que acabó la audición visualizo la misma escena y apretó los dientes con rabia. Llegaba a casa y su hermana la estaba esperando.

– ¡Que Marta! ¿Cómo te ha ido? Le preguntaba con media sonrisa mientras enarcaba una ceja.

Pensó en decenas de respuestas que podría darle, desde no hablar, hasta mentirle, pasando por derrumbarse siendo sincera. Pero ante todas ellas las reacciones de Belinda eran muy similares.

– Eso lo sabía yo. Como nunca me haces caso, mira cómo te ves ahora…

– Estás desaprovechando tu vida. Cuando te vas a dar cuenta de que el mundo no son las cuatro tonterías que tienes en la cabeza…

El tren frenó con brusquedad ante la cercanía de una nueva parada, Marta miró hacia la enfundada guitarra y la culpabilizó de todas sus desgracias.

– No volveré a tocar nunca más, lo juro. Se dijo.

– Aquí mismo voy a dejar este chisme, a ver si se la encuentra alguien y la aprovecha.

– O mejor aún, ojalá la tiren a un contenedor o la quemen.

El vagón se detuvo por completo y contempló cómo bajaban varios caminantes de metro. Al mismo tiempo otro entró por la puerta más alejada de donde ella se encontraba. Enseguida percibió que este no era como los demás. Le llamó la atención la forma nerviosa con la que se comportaba, inquieto giraba la cabeza de un lado a otro y se frotaba los brazos compulsivamente. Cada vez estaba más pendiente del nuevo pasajero e iba dejando atrás sus pensamientos. Tenía un aspecto desaliñado, vestía con ropa vieja y sucia, no paraba de moverse y sus nerviosos ojos escudriñaban a todos los viajeros.

Marta sintió un temblor que le recorrió el cuerpo entero seguido de una contracción de toda su musculatura y en su mente se activaron las alarmas de peligro cercano.

Disminuyó la velocidad del tren mientras se acercaba a la siguiente parada. Cuando se detuvo, la mayor parte de pasajeros se apearon en desbandada. Marta sin embargo no se movió, por segunda vez en ese día estaba paralizada.

En esta ocasión no subió nadie y el sonido producido por el cierre de puertas la hizo reaccionar, vio que el personaje que había provocado la fuga de la mayoría de viajeros, se le acercaba, lo hacía con cierto disimulo, como un carroñero hambriento que se aproxima a una joven presa. Marta oteó todo el vagón, observó con cierto alivio que entre ella y el inquieto viajero habían permanecido dos hombres altos y fornidos que hablaban entre ellos. Esta vez se le activaron los mecanismos de huida, se puso en pie, agarró instintivamente sus pertenencias y se colocó junto a la puerta. El metro volvió a desacelerar y entonces pensó que tenía muy cerca la salvación. Mientras tanto, los hombres por los que se había sentido escudada se situaron cerca de otra de las salidas. El tren se detuvo. Marta estaba ansiosa por escapar, observó como la otra puerta se abría y las dos personas salían, sin embargo la suya permanecía cerrada. Su mirada se cruzó la con la del individuo y un repeluzno recorrió su espalda de abajo a arriba.

– ¿Qué pasa? Ábrete ya. Pensó.

Estudió la posibilidad de dirigirse a la otra salida, pero el desaliñado pasajero estaba ya a la altura de la misma. Miró a través de la ventanilla, su salvación estaba cerca… Entonces sintió que algo se le había pasado por alto e intuitivamente inspeccionó otra vez la puerta, en esta ocasión vio el pulsador de apertura en donde no advirtió su presencia antes. Había usado cientos de veces ese botón, pero con la tensión de la situación se había olvidado por completo de su existencia. Lo golpeó con todas sus fuerzas y la puerta se abrió con su clásico y molesto ruido que en esta ocasión a Marta le pareció un delicioso sonido. Entonces dio el paso que le faltaba para huir.

Una vez en el andén giró su cabeza temiendo ser perseguida, a través de la ventanilla vio la silueta del hombre, parecía que había perdido el interés en ella, porque dirigía su mirada hacia otro lado, esto la hizo suspirar aliviada. Pero la curiosidad le hizo interesarse por el motivo que había llamado la atención del individuo. Entonces se sobresaltó al observar que una señora entraba en el tren por otra puerta, llevaba de la mano a una niña de unos ocho años y con la otra empujaba un carrito de bebé. Marta cerró los puños y los apretó las mandíbulas mientras tensaba todos sus músculos.

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