tocar y cantar

Puedes leer el capítulo anterior en este enlace: Guitarrista (Capítulo 3)

Nada más entrar, la mujer apremió a su hija mayor para que se sentara, por temor de que arrancara el tren y perdiesen el equilibrio. Todas las puertas se cerraron y el metro se puso en movimiento. La madre suspiró, había sido un día muy duro, estaba agotada y ahora podría descansar un poco durante el trayecto. De pronto, percibió que alguien se les acercaba. Giró su cabeza y vislumbró a un hombre con pinta de maleante a solo unos pocos metros de distancia, la miraba fijamente y seguía avanzando. Estremecida, se incorporó muy rápido para colocarse de frente ante el extraño, tratando de ocultar con su cuerpo a los niños.

— Dame el bolso. —Ordenó el delincuente cuando estuvo a la altura de la familia.

—Toma, llévatelo, pero no nos hagas nada, por favor. —Suplicó la mujer entregándoselo. El atracador abrió el bolso con habilidad y echó un rápido vistazo hacia su interior.

— ¿Tienes algo más? —Dijo dirigiendo la mirada hacia el cochecito.

— No, ahí está todo, te lo prometo. —Dijo la madre abriendo los brazos con actitud protectora hacia sus hijos. El ladrón sacó un enorme cuchillo de cocina del bolsillo trasero del pantalón y amenazó con él a la mujer.

— Échate a un lado o te rajo de arriba a abajo. —Amenazó enseñándo los dientes.

— Por favor no, no les hagas nada a mis hijas. Son muy pequeñas. —Sollozó, pero sin moverse como le habían ordenado.

Pero ni las súplicas, ni la edad de los niños, enternecieron al malhechor, lo había cegado la idea de conseguir un buen botín. Pensó que la mujer no se apartaría por las buenas, así que tendría que usar la violencia para poder inspeccionar el carro, pero tenía poco tiempo antes de llegar a la siguiente parada. Decidió que agarraría a la hija mayor con intención de obligar a la madre a que se alejara del carrito, no le importaba llevarse al que fuera por delante si era necesario. Se proponía a ejecutar su plan, cuando, de repente, sintió un fuerte empujón por la espalda que, junto con la inercia del tren, le hizo perder el equilibrio y se golpeó contra una de las barras que utilizaban los viajeros para sujetarse, después cayó al suelo de culo y su cabeza chocó con la puerta…

Tardó unos segundos en reaccionar, estaba aturdido por la sorpresa y conmocionado por el golpe. Levantó la vista y observó a una chica con una guitarra colgada a la espalda que se agachaba para recoger algo. Era el cuchillo que el atracador había perdido en la caída.

— No te muevas. —Dijo Marta manteniendo una distancia prudencial con el ladrón y apuntándole con el arma. Haciendo caso omiso, el delincuente intentó incorporarse. Al ver su intención Marta dio un paso atrás y como complemento del movimiento balanceó la mano con la que sujetaba el cuchillo, este gesto detuvo al hombre. Marta detectó dudas en su oponente, como las que tantas veces había sentido en sus propias carnes. Esto la envalentonó, lo miró fijamente a los ojos y avanzó hacia él gritándole.

— ¡He dicho que no te muevas! —Entre Marta y el asaltante se generó una abrumadora tensión, como la que se produce en una partida de poker en la que los jugadores se apuestan hasta la última de sus fichas. Ella aguantó la mirada como nunca lo había hecho con nadie y el tiempo se ralentizó. Ambos seguían desafiándose sin palabras ni movimientos aparentes, solo con sutiles cambios de expresión en sus rostros. De pronto, actuaron los frenos del tren, esto obligó al hombre a enseñar sus cartas sin madurar lo suficiente la jugada.

— Dame el cuchillo y te juro que me marcho cuando pare el tren.

— No. Bájate cuando pare, pero el cuchillo lo has perdido. —Dijo Marta.

— Me he quedado con tu cara, que lo sepas y me las vas a pagar. Ya te buscaré. —Amenazó el hombre. Estas últimas palabras hicieron que Marta se estremeciera por dentro, pero de inmediato comprendió que respondían al hecho de que su rival intentaba mantener su dignidad mientras se rendía.

— Vale, ya nos veremos entonces. Pero ahora te bajas. ¡Gilipollas! Dijo Marta justo cuando se detuvo el tren por completo. De repente, el ladrón alargó el brazo para recoger el bolso y, con la velocidad de una lagartija, se dio la vuelta incorporándose para abrir la puerta. Salió del vagón con tanto ímpetu que chocó con varias personas que estaban preparadas para entrar. La primera que subió se detuvo en seco cuando vio, con asombro, a una chica que empuñaba un cuchillo. Marta se observó la mano armada con extrañeza, como si fuera la de otra persona. Reaccionó con rapidez y tiró el cuchillo a una papelera.

— Gracias, muchas gracias. —Dijo la madre de los niños con los ojos rebosantes de lágrimas.

— ¿Estáis bien? —Preguntó Marta.

– Si. Estamos bien.

— Pero, te ha robado el bolso.

— Si, pero eso me da igual ahora. Lo que importa es que a mis hijos no les han hecho daño. Y todo gracias a ti. —Marta no dijo nada más, se sentó junto a la niña e hizo una inspiración profunda. Sintió una calma interior que no recordaba haber tenido desde hacía mucho. Permaneció relajada por un rato, disfrutado de ese estado tan placentero.

— Que valiente has sido. Yo estaba muy asustada. Ojalá fuera como tú. —Dijo la niña. Marta la miró, y reflexionó por primera vez sobre lo que había sucedido.

— Yo también he pasado miedo, muchísimo. Y todavía tengo un poco. —Reconoció Marta.

— Ah, pues no lo parecía. Y si tenías miedo, ¿Cómo has podido enfrentarte con él?

— La verdad es que no lo sé. Supongo que actué sin pensar.

— ¿Cómo te llamas?

— Marta. ¿Y tú?

— Amelia.

— Es un nombre muy bonito. Y ¿Tú hermano como se llama?

— Es una niña, se llama Clara igual que mi madre y tiene un año. —Marta se asomó para ver al bebé, estaba profundamente dormida, no se había percatado de nada. La madre la miró también y después sonrió a Marta antes de hablarle.

— Me da mucha vergüenza, pero tengo que pedirte que nos ayudes otra vez. En el bolso tenía las llaves y el teléfono. ¿Podrías prestarme tu móvil para llamar a mi marido?

— Si. Claro. Aquí lo tienes.

— No tiene cobertura. —Dijo la mujer apurada. — Nos tenemos que bajar en la siguiente parada y todavía estoy muy asustada.

— Tranquila, me bajo con vosotras y llamas desde el andén.

— Gracias Marta. Eres muy buena persona. —Le dijo tocándole el brazo. Bajaron del vagón y Clara miró la pantalla del móvil.

— Aquí hay cobertura. —Informó la madre de las niñas a Marta.

—- Perfecto. Llama.

Mientras Clara hablaba con su marido, Marta se sentó en un banco del apeadero junto a Amelia que sujetaba el cochecito de su hermana. Por los vomitorios de la estación aparecía una continua procesión de personas, como sucedía siempre entre la salida de un tren y la llegada del siguiente. Había un cierto halo de indiferencia entre los unos y los otros, distraídos en sus propios pensamientos o conectados a sus dispositivos electrónicos.

— ¿Puedes tocar alguna canción? —Preguntó Amelia señalando la guitarra. Marta la miró sorprendida, se había olvidado por completo de que la llevaba colgada, de hecho la había transportado en todo momento durante el enfrentamiento con el maleante y no había sentido su peso. —– ¡Por fa!, me encantaría oírte tocar.

Marta observó la cara de Amelia llena de ilusión, había algo en la niña que le recordaba mucho a si misma cuando tenía su edad. De pronto volvieron sus miedos, los de toda su vida, los que siempre le escoltaban allí a donde iba. Respiró hondo y consideró la situación. No podía eliminar a sus compañeros habituales, pero tampoco permitiría que se interpusieran esta vez en su camino. Tenía un público que le pedía una interpretación y no lo defraudaría.

Sacó el instrumento de la funda y lo colocó sobre su muslo derecho. Agudizando el oído, fue tanteando despacio cada una de las clavijas con la mano izquierda, mientras con la derecha iba punteando de arriba abajo las seis cuerdas. Rasgueó un par de acordes y tocó una escala para calentar al mismo tiempo que se aseguraba de la correcta afinación. Inspiró y contó mentalmente los tiempos del compás, cerró los ojos y tocó la primera nota de una canción infantil muy conocida.

Conforme avanzaba por la melodía sus dudas se extinguían, cada una de las notas estaba impregnada de sentimiento. El sonido de la guitarra era limpio y en algunos momentos de la pieza utilizó recursos que adornaban la canción más allá de la versión popular. Una serie de acordes, armónicamente simétricos, conformaron una elegante conclusión del tema. Unos segundos después de que el último sonido de su guitarra se hubiera diluido, Marta abrió los ojos. Lo primero que vio fue a la niña que sonreía de oreja a oreja y tenía los ojos brillantes. La madre había acabado de hablar por teléfono y se había situado junto a sus hijos.

— Otra por favor. Otra. —Dijo Amelia aplaudiendo entusiasmada.

Marta observó que la madre asentía con la cabeza, abrió su campo de visión y comprobó que algunas personas la miraban desde la distancia. Entonces sintió algo parecido a lo que le hizo regresar al vagón, era una motivación muy intensa que la impulsó para socorrer a la vulnerable familia y que ni el miedo pudo detener. Ahora, esa misma motivación, le invitaba a sacar todo su talento para ayudar a todas aquellas personas sumidas en un estado de subconsciente sufrimiento.

Su mente quedó en calma, se concentró de forma que todos sus sentidos se enfocaron en un solo punto. En ese momento, la inspiración y el arte inundaron hasta la última célula de su ser. Con el dedo pulgar tocó la primera nota del tema con el que había fracasado esa misma mañana. Los primeros compases estaban formados por una hermosa serie de acordes que Marta arpegiaba magistralmente. La pieza resonaba, con intensidad pero sin estridencias, por toda la estación. Las personas más cercanas giraban la cabeza hipnotizadas por la dulce armonía, otros más alejados percibían una leve sensación agradable que los sacaba de su ensimismamiento.

La canción llegó a una parte en la que la intérprete dudó por un instante, solo unas milésimas de segundo, ni llegó a alterar el ritmo. Entonces inspiró aire y volvió a concentrarse, pulsó con firmeza una sucesión de trastes para ligar tres notas que punteó de forma contundente con las uñas, después la música se silenció con suavidad y cuando volvió a sonar iba acompañada de una dulce voz que comenzaba a interpretar los versos de una triste melodía…

Marta cantaba con los ojos abiertos pero su mirada estaba perdida y su atención enfocada en la historia de la canción. La hermosa voz entonaba cada estrofa en perfecta consonancia con la armoniosa cadencia del instrumento y esto provocó que, cada vez más gente se sumergiera en una aureola común de emociones. Sin aspereza, en un trance del tema, cambió el ritmo y la tonalidad, la letra también daba un giro hacia la aceptación y la esperanza…

De pronto, un ruido estridente y ensordecedor acalló en unos segundos la música. Era el tren que de forma inevitable hacía su entrada en el andén. Al no escuchar ni la guitarra ni a ella misma, Marta se detuvo. Bajaron algunos viajeros, pero nadie subió. El público de Marta, había formado un corro alrededor de ella. Estaban conmovidos por su interpretación, envueltos en sensaciones que eran infrecuentes en sus rutinas diarias.

El metro arrancó con el chirriar de sus ruedas al rozar las vías. Marta no podía pensar en ese momento, se sentía embargada por una gran felicidad. El tren desapareció en la oscuridad del túnel y, con él, su sonido sin alma.

— Toca otra vez. —Dijo con voz quebrada un hombre de avanzada edad situado muy cerca de la artista.

— Si. Por favor. —Rogó la madre de los niños secándose las lágrimas que resbalaban por sus mejillas.

Marta empuñó su guitarra con decisión, inspiró y comenzó a contar mentalmente los tiempos del compás.

Fin.

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