Puedes leer el capítulo anterior en este enlace: Virus (Capítulo 9)

Charles escudriñaba cada dato que aparecía en los hologramas proyectados en el terminal del laboratorio. No encontró ninguna raza que se librara del contagio. Pero, si comprobó, que en las zonas más desfavorecidas del planeta, la incidencia era mayor en los hospitales privados que entre los de la sanidad pública. Todo esto le parecía extraño, por lo que decidió buscar el motivo de esta causalidad y, justo en ese momento, la puerta del laboratorio se abrió con gran violencia. Laura fue la causante de este hecho.

 Charles, ¿Has actualizado tu software?

— Sí, claro. Tú lo has dicho, se tarda cinco minutos.

— Mierda. —Dijo Laura apretando los puños. 

— ¿Qué pasa? —Preguntó sorprendido Charles.

— No es un virus biológico es informático y está en la actualización del sistema.

– ¿De qué hablas? —Dijo el médico confundido.

— No sé cómo ha podido suceder, pero de alguna manera han hackeado el software. Todo encaja. Los inadaptados no se han contagiado porque no tienen sistema ciborg. Los niños tienen un sistema junior que no ha sido actualizado recientemente. Yo estoy probando el ciborg 2031 y tengo instalado un software beta totalmente renovado. Y tú no te habías actualizado…

— Hasta hace quince minutos. —Completó Charles la frase de su hermana.

— No pasa nada, estamos a tiempo. Sabemos que la reacción fisiológica puede tardar horas. Quizás el virus quede inoperativo al volver a la versión anterior del software.

— ¿Y si no es así?

— Charles, soy implantóloga y en un momento te puedo extirpar todos los dispositivos del sistema. Solo necesito las herramientas apropiadas y por suerte estamos en un hospital y no tendremos ningún problema en encontrarlas. Pero ya sabes lo que eso supondría, estarías fuera del sistema.—Charles se imaginó por un momento estar desconectado, la visión fue breve y no quiso mantenerla por más tiempo.

— Está bien, vamos a hacerlo. Pero antes tengo que contacta con las autoridades de la compañía sanitaria para comunicárselo. Tienen que tomar medidas inmediatas.—El médico redactó un mensaje con toda la celeridad que pudo, entró en la aplicación de «COMUNICACIONES INTERNAS» de la compañía e insertó unas opciones de prioridad máxima. En seguida, el algoritmo estableció los canales por donde se difundiría la información. En esos momentos, no fue consciente de que esta sería la última acción que realizara desde su I-Ciborg.

— Ya está enviado Laura. ¿Qué necesitas?

— Material quirúrgico, me apañaré con lo que tengas.

Vamos, los quirófanos están abajo. —Dijo Charles incorporándose con rapidez y apremiando a su hermana.


En cuanto penetraron en la sala se encendieron los focos y en pocos segundos alcanzaron su máxima potencia lumínica. La estancia era pequeña y fría en todos los sentidos.

— Malditos trastos, de verdad que les estoy cogiendo manía… —Dijo Charles dirigiéndose a la auto-camilla de intervención quirúrgica situada en el centro del quirófano.

 Saca todo el instrumental quirúrgico que puedas y busca también una mesilla o algo para ponerlos encima.— Indicó Laura a su hermano. Charles abrió, uno por uno, todos los cajones embutidos en la estructura que servía de base de la camilla.

— Sírvete tú misma, voy a buscar la mesa. —Dijo terminando la frase conforme salía de la habitación. Acto seguido, Laura seleccionó y colocó sobre la camilla las herramientas que le parecieron útiles para la desinstalación del sistema I-ciborg del organismo de su hermano. Charles regresó con un carrito que se utilizaba para transportar medicinas.— ¿Te va bien esto?

— Perfecto. Vamos, quítate la camisa y túmbate boca arriba. ¡Deprisa! —Laura era de esas personas que sabía utilizar su tono de voz para conseguir que los demás aceleraran sus acciones.— No te voy a poner analgésicos, no podemos perder el tiempo.

— No pasa nada, aguantaré.

Pues venga, relájate y respira de forma normal, que vamos a empezar.


— ¡Por fin! Madre mía. Que mal lo he pasado. —Dijo Charles tomando conciencia de un sudor frío que escretaba `por toda la espalda, de nuca a cintura.

— A mí me lo vas a decir. Que paciente más quejoso. —Dijo Laura con media sonrisa.

— ¿A ti te han hecho esto alguna vez de esta manera?

— No.

— Pues entonces no puedes opinar. —Dijo mientras notaba aun el desagradable regusto del reciente mal rato. Laura, se mordió la lengua ante la contestación de Charles. Algunos reproches de este tipo se fueron acumularon en su interior durante los muchos años que estuvieron separados, pero estaban inmersos en una pandemia sin precedentes y no era el momento de echarse cosas en cara.

Charles cambió la postura de tumbado por la de sentado en el lateral de la camilla, sentía un zumbido en la cabeza que se convertía en cosquilleo conforme descendía por sus extremidades. De forma mecánica se miró la palma de su mano esperando ver el menú principal de su sistema, pero la imagen natural y limpia de la palma de su mano le dejó confundido. Levantó un poco la vista, la pared blanca que se extendía ante él tampoco era una gran fuente de entretenimiento. Suspiró profundamente, quería hacer algo pero no sabía que. Palpó con fuerza su cara en busca de algún estímulo táctil que le aliviara la ansiedad, volvió a observarse las líneas de la mano sin encontrar el más mínimo rastro de iconos digitalizados. La tercera vez que repitió esta espontanea acción, no puedo evitar reírse de mi mismo. Entonces, con un pequeño saltito, sus pies tomaron contacto con el suelo.

— ¿Cómo te sientes? —Preguntó Laura.

— No lo sé.

— Raro, ¿Verdad?

— Si raro. Pero algo más, es como si fuera recuperando señales de mi cuerpo que hacía tiempo que no sentía. Me supera un poco, son demasiadas sensaciones. Estoy nervioso.

— Bueno Charles, poco a poco.

Charles miró a su hermana, tenía aspecto de no haber descansado en mucho tiempo, pero también apreció su belleza. Su pecho se hinchó más y más mediante dulces hormigueos, cuando no había más espacio en su caja torácica, la agradable sensación le subió por la garganta para rellenar también pómulos y mejillas. Cada paso en dirección a Laura desataba un éxtasis eléctrico que ascendía desde la tierra hasta sus muslos. Se detuvo frente a ella y la miró. Sus parpados inferiores tornaron a líquidos, el impulso fraternal hizo el resto. Abrazó a Laura por la cintura mientras le refrescaba todo su rostro con besos y lágrimas. Ternura silenciosa, no hicieron falta palabras. Hormonas analgésicas recepcionadas en estructuras neurales de cada uno de ellos las comenzaron a emblandecer, mucho tiempo después de que fosilizaron. Porque nada es para siempre.

— ¿Qué hacemos ahora? —Dijo Charles cuando la intensidad emocional disminuyo un poco. Todavía abrumada por el torrente de sensaciones, Laura intentó volver a la realidad que les rodeaba, se esforzó para centrar su mente en el mometo presente. Después de varios fogonazos borrosos, una imagen se instauró con mucha energía en su consciencia. Y dijo casi sin pretenderlo:

— Tenemos que ayudar a una persona. Pero, lo mejor es que me quite antes este uniforme. ¿Dónde podemos conseguir otra ropa para ponerme?

— Joder Laura, ¿Cómo puede darte por asearte en este momento?

— Tú hazme caso, no tiene nada que ver con el aseo. Aunque tampoco me vendría mal.—Dijo acercando un poco la nariz a su propia axila.


La lavandería desprendía el mismo olor que las oscuras escaleras de entrada del hospital tuvo lugar el reencuentro con Charles. Enseguida descubrió el origen del nauseabundo aroma: El cadáver de una mujer yacía boca abajo en un lateral de la estancia. Con la palma de la mano se presionó la frente durante un momento y después fue deslizándola hacia abajo para taparse la nariz y la boca. “Que catástrofe”, pensó.

Rebuscó hasta encontrar el almacenillo de la ropa limpia. Unas jaulas metálicas motorizadas, organizadas por tipo de indumentaria, contenían las prendas limpias, planchadas y dobladas. Sin pensarlo mucho, escogió los pijamas verdes de quirófano. La primera camisa que extrajo del cesto era de su talla, la acercó a su cara y se empapó de su fragancia para aliviarse un poco del hedor cadavérico que la envolvía. Para encontrar el pantalón adecuado tuvo que rebuscar un poco más.

Allí mismo, se desprendió de su ropa tirándola al suelo con cierta prisa y desprecio que ni ella misma entendió. La inercia instintiva le sugirió vestirse enseguida con el uniforme médico, pero, un razonamiento más fuerte le hizo desistir: Necesitaba refrescar un poco algunas zonas de su cuerpo. En ropa interior y, con las prendas adquiridas de forma gratuita en la mano, salió de la pequeña habitación dirigiéndose a un vestuario que formaba parte de la lavandería.

Abrió el grifo a tope y se generó un potente chorro de agua. Primero mojó todo su rostro varias veces, usando las manos como recipiente para desplazar el líquido y fresco elemento. Después, se mojó las axilas y el torso, con un poco más de control del caudal. Terminó humedeciéndose la zona genital y también parte de los muslos. De inmediato y sin plantearse ni siquiera secarse, se colocó las dos piezas del pijama en un santiamén.

Se sentía revitalizada y observó su aspecto en un espejo, no se acordaba ni de cuando lo hizo por última vez. “Que fea”, se lamentó, pero se dio cuenta enseguida de que no había tiempo para esto. Se atusó el pelo con los dedos, auxiliándose de un pequeño peine que había sacado de su bolso, intentado darle una forma más linda. Pero al final desistió y se lo remetió por detrás de las orejas.

Charles, desesperado, recorría una y otro vez el corredor contiguo a la lavandería. Se asomó por la única ventana en busca de algún detalle en el que centrarse, pero la oscuridad y la quietud lo hacían imposible. Fueron diez minutos, pero le pareció que transcurrieron cien entre que su hermana entró y salió de la lavandería.

— ¡Por fin! —Suspiró aliviado— ¿Me vas a explicar ahora a quién tenemos que ayudar?

— Vamos ¡A la entrada de urgencias! —Contestó.

— ¿Para qué?

— Llévame hasta allí y lo verás.

— Uf, me estás poniendo negro. —Reclamó mientras se ponía en marcha pensando que el movimiento con un destino calmaría un poco su ansiedad.— Sígueme. —Recorrían pasillos y cruzaban puertas, Laura se mantenía firme en su empeño pero cada vez más desorientada, tenía la impresión de estar en una persecución de los antiguos dibujos animados, en la que el fondo se repite de forma indefinida.

— ¿Charles, estás seguro que sabes llegar? —Bromeó.

— Estoy intentándolo.

— ¿Cómo? —La burla tornó a sorpresa.

— Casi nunca me muevo tanto dentro del hospital, hago siempre los mismos recorridos y este no es uno de ellos. Te recuerdo que ya no tengo el ubicador. —Dijo deteniéndose para otear la zona con esmero.— Vamos, en algún momento encontraré una referencia que me sitúe. —Y así sucedió, después de cinco minutos más de blancos pasillos, se encontraron con una escalera, era la ansiada referencia que no había dejado de buscar Charles.

— Vale, es por aquí. —Dijo descendiendo los peldaños con grandes zancadas.

El alumbrado de la recepción estaba totalmente encendido. Laura se acercó hasta la puerta para apoyar sus manos, haciendo forma de cabaña, sobre el cristal y empotró sus ojos entre ellas, pero la oscuridad de la noche, muy cerrada todavía, impedía ver el exterior.

— ¿Qué hacemos aquí Laura?

— Salvar una vida, espero. ¿Puedes abrir la puerta? —Charles dirigió la mirada hacia su mano y recordó una vez más la rehumanización a la que había sido sometido y respondió con melancólica ironía:

— Pues va a ser difícil. Intenta conectarte tú con el sistema hospitalario, puedes proyectarte desde la consola de recepción. Laura se colocó detrás del mostrador y seleccionó “COOPERACIÓN ENTRE COMPAÑÍAS”.

“Escoja una de las posible opciones para el motivo de la cooperación entre las compañías”

La sorpresa fue mayúscula, no esperaba resultados y, sin embargo, le presentaron varias alternativas. Entre ellas seleccionó la más adaptada a la situación.  “PROBLEMAS IMPLANTOLÓGICOS”. Navegando con la intuición adquirida después de tantos años de ciborización, encontró enseguida la forma de desactivar el bloqueo de la entrada principal del acceso de urgencias y acto seguido seleccionó su apertura.

El sonido que produjeron los mecanismos deslizadores causó un tenebroso efecto emocional sobre Laura, en cualquier momento podía cruzar la puerta la persona que esa misma noche había intentado agredirla. Poco a poco, fue atreviendose a desviar la mirada de la palma de su mano hacia el amplio rellano de la calle.

La silenciosa y enigmática atmosfera instaurada desde que la puerta corredera llegara a sus topes, se rompió por el sonido de unos pasos lentos pero firmes. La silueta de cuerpo entero de un hombre corpulento, apareció por el flanco derecho de la cristalera que separaba interior y exterior del edificio. Accedió a la recepción y se detuvo a varios metros de Laura mientras la miraba a los ojos de forma penetrante. Después giró la vista hacia Charles, que se estaba incorporando del escalón en el que había tomado asiento mientras su hermana gestionaba la apertura. El hombre, con la expresión de un competidor recién derrotado, dejó caer todo su cuerpo a plomo hincando sus rodillas en el suelo.

— Mi hija se está muriendo. Por favor ayuda.

Continuará

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Ir arriba