Virus (Capítulo 3)

Puedes leer el capítulo anterior en este enlace: Virus (Capítulo 2)

A Clara le dolía la mano, mucho más que cuando se cortó a primera hora de la mañana. La herida se la hizo con un filo metálico en el laboratorio de la fábrica de implantes. No era persona de frecuentar hospitales, tenía que encontrarse muy enferma y ni aun así acudía al médico. Pero en este caso el corte había sido muy profundo y le brotaba mucha sangre.

En pocos minutos, el accesorio quirúrgico de una camilla de última generación le había suturado el corte, para administrarle después un tratamiento antibiótico y cicatrizante.

Solicitó a través de una aplicación de su sistema un coche individual de la compañía de transportes. Que, como de costumbre, no tardó en llegar a recogerla. Se sentó dentro del pequeño pero confortable vehículo, este se puso en marcha en cuanto detectó que el cinturón de la pasajera estaba abrochado. 

Mientras la trasladaban a casa recordó al muchacho que había conocido en la sala de espera del hospital. Seleccionó la opción «grabación diaria» y lo visionó en la proyección holográfica de su mano, paró la imagen en el momento que se habían visto, le parecía muy guapo y atlético. Por la mirada del chico dedujo que este presentaba un cierto interés por ella. Se deleitó observándolo mientras se mordía lascivamente el labio inferior, hasta que le llegaron varias notificaciones que desviaron su atención.


Clara pasó el dedo por el sensor de la puerta principal del edificio residencial donde vivía desde hacía tres años, la puerta se abrió y por sus auriculares escuchó una grabación que la saludaba.

«Bienvenida a casa, señora Clara»

Entró en el ascensor que, después de escanearla la transportó a la planta de su vivienda, una vez allí se abrieron las puertas. Clara dio el primer paso para salir, pero un fuerte dolor en la cabeza le hizo detenerse, cerró los ojos mientras se presionaba la frente con la mano vendada. Un mareo la obligó a apoyar su espalda contra la pared.

«Señora Clara, ya puede abandonar el elevador, hemos llegado a su destino» 

Suspiró y agitó levemente la cabeza. El dolor se fue diluyendo hasta convertirse en una ligera molestia. Recuperó el control de su cuerpo y con paso firme salió al pasillo. Se cruzó con un vecino que, al verla cambió su expresión, pero no sintió la suficiente motivación para dirigirse a ella. 

Cuando entró en el piso todos los automatismos programados se pusieron en funcionamiento. En las pantallas de su dormitorio aparecieron las diferentes opciones ocio, seleccionó un canal musical y se dirigió a la cocina, eligió un menú de la carta y activó la preparación del mismo.

«Su almuerzo estará listo en cuatro minutos»


Se estaba acomodando para leer durante la espera cuando la sorprendió un doloroso retortijón en el vientre, seguido de un fuerte sonido similar al del desagüe de un lavabo antiguo. Apretó los puños y tensó el abdomen para no hacérselo encima. Caminó apresurada en dirección al baño, obligada por su imperiosa necesidad. Otro pinchazo aún más intenso que el primero le hizo acelerar el paso, y aun así, casi no le dio tiempo a llegar. 

Después de aliviarse respiró profundamente, tan tremendo e inesperado esfuerzo la había dejado agotada. Escogió una opción que puso un mecanismo en marcha, en un segundo tanto ella como el váter estaban completamente limpios. Se incorporó y observó su reflejo en el espejo.

– Uf, que mala pinta tienes Clara. Se dijo en voz alta con una media sonrisa. 

Se aproximó un poco más para observar mejor su rostro, de repente, un nuevo mensaje la interrumpió. 

«Su comida está preparada, ¿Desea que sea servida?»


El efecto del mensaje fue devastador para su estómago que, reaccionó expulsando sobre el lavabo todo lo que tenía dentro. Mareada, incorporó la cabeza y abrió el grifo para remojarse la cara, después dejó que el agua arrastrara la sustancia amarillenta. Dando tumbos se dirigió hasta la cama y cerró los ojos mientras trataba de calmar su respiración.

«Su comida está preparada, ¿Desea que sea servida?»


– Que pesados, ¡coño! Gruñó mientras hacía un gran esfuerzo para rechazar la solicitud. 

Se conectó a su minibomba personal y por medio de la aplicación farmacológica de la compañía médica se suministró un sedante. Fue relajándose, hasta que la droga la narcotizó por completo y le hizo quedarse dormida…

El sonido que indicaba la apertura de la puerta de entrada la sacó del sueño y de forma inmediata sintió unos pasos acercándose. Suspiró y miró la hora en su sistema, no se lo podía creer, había dormido demasiado. Se incorporó con mucho trabajo, estaba angustiada y le dolía intensamente la parte frontal de la cabeza. Anduvo tambaleándose por el pasillo hasta llegar al otro dormitorio de la vivienda, este tenía la puerta abierta. Tuvo que parpadear varias veces para poder enfocar la vista en la silueta de su compañera de piso.

– Hola. Dijo la recién llegada.

– Hola Laura, vienes muy tarde hoy.

– Si, hay un atascazo de muerte, no sé, ha debido ocurrir un accidente grave o algo por el estilo. Hay ambulancias circulando por todas partes con las sirenas funcionando. Pero lo extraño es que no dan noticias del suceso, aunque rumores en las redes sociales hay de todos los colores, pero nada oficial ¿Te has enterado tú de algo? Dijo Laura sin dejar de mirar la palma de su mano en ningún momento de la conversación.

– No. 

El tono fatigado con el que le respondió su compañera llamó la atención de Laura e hizo que se fijara en ella. Su rostro estaba congestionado, la tez pálida y el cabello empapado en sudor. 

Hacía más de dos años que se conocían, desde que Laura fue contratada por la compañía de comunicaciones como implantóloga para trabajar en una de las más de cien clínicas existentes en la ciudad. La compañía le había proporcionado alojamiento en un piso compartido para empleados junto a Clara. Pero apenas se veían, pues durante el tiempo de estancia común en la vivienda cada una lo pasaba en sus respectivas habitaciones, el holl y la cocina eran las únicas zonas comunes y casi nunca coincidían en ellas, por lo que muy poco sabían una de la vida de la otra. 

Pero Laura nunca había visto en ese estado a Clara, que al igual que ella, era muy coqueta y elegante, hasta cuando andaba por casa.

– ¿Qué te ha pasado? Dijo señalándole la mano lesionada.

Clara se observó el vendaje, le costaba concentrarse para dar una respuesta coherente.


– No sé, creo que me he cortado.

– ¿Cómo no lo vas a saber? Dijo Laura contrariada.

– Entonces, ¿Has venido en ambulancia? Dijo Clara con voz gangosa.

– Pero, ¿Qué dices? Estás muy rara. ¿Te has caído? ¿Has ido al médico?

– Es verdad, es un chico muy guapo. Si, creo que tienes razón, me parece que era médico.

Las palabras de Clara y el tono en el que las pronunció preocuparon a Laura. 

– Estás delirando, ¿Has tomado algo? Le dijo mientras se acercaba a ella.

– No, no tengo hambre, gracias, me duele la barriga y también la cabeza. Dijo llevándose la mano a la frente.

La vista comenzó a emborronársele y súbitamente dejó de percibir el resto de su cuerpo.

– Uf, ¿Qué me está pasando? Dijo dando un traspié hacia atrás.

Laura llegó justo a tiempo para sujetarla y evitar así que se desplomara de golpe, pero Clara estaba ya inconsciente y su compañera no pudo soportar el peso muerto de su cuerpo, lo único que consiguió fue amortiguar un poco el choque contra el suelo.

– Clara, responde. Clara. Gritó Laura alterada mientras zarandeaba por los hombros a su compañera.

Intentó comunicar con el servicio de emergencias, pero no hubo respuesta, probó de nuevo, esta vez recibió un mensaje.

«Red saturada, inténtelo más tarde»

– ¿Cómo?, ¿No me lo puedo creer? Dijo en voz alta.

Observó a Clara, su pecho subía y bajaba de forma agitada.

– ¡Respira! Pensó sintiendo algo de alivio.

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