Virus (Capítulo 4)

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Se puso en pie y a paso ligero fue hasta el rellano del residencial. No había timbres en los pisos, así que comenzó a golpear las puertas una tras otra pidiendo ayuda. Cada vez sentía más desesperación, sabía que nadie le abriría, ella haría lo mismo si escuchara a una loca vociferando junto a su puerta. Pero pensó que el algoritmo de seguridad del bloque activaría la alarma de intrusión o que los vecinos, asustados, llamarían a la policía, por lo que perseveró en el intento.

De pronto, el sonido de la llegada del ascensor a la planta le hizo detenerse. Giró sobre sí misma y clavó los ojos en la puerta. El tiempo que tardó en abrirse le pareció eterno. Por fin apareció un niño de unos trece o catorce años, iba con la cabeza baja mirándose la palma de la mano derecha. 

– ¡Oiga! Necesito ayuda, a mi compañera le ha dado un ataque.

El chiquillo la miró con cara de extrañeza para después quedarse paralizado.

– Está inconsciente. Ayúdame por favor.  Dijo agitada, mientras se acercaba al chaval.

El chico, asustado, dio un paso atrás tratando de entrar de nuevo en el ascensor, pero este se había cerrado y su pie topó con la sólida puerta. Al percibir el miedo del niño, Laura levantó sus brazos en señal amistosa y volvió a hablarle lo más sosegada que la circunstancia le permitía. 

– Soy vecina del bloque, tranquilo. ¿Cómo te llamas?

– Rubén. Respondió sobrepasado por la novedosa situación que le acontecía.

– Hola Rubén. Yo soy Laura. Vivo aquí, en este piso. Dijo señalando su puerta.

– Mira, mi compañera Clara está enferma y necesita que venga un médico para atenderla. ¿Podrías avisar al servicio de urgencias desde tu sistema? Es que el mío no funciona.

La mente del niño comenzó a estabilizarse, miró su mano durante unos segundos y después levantó los ojos en dirección a los de Laura.

– ¿Cómo? No sé hacerlo. 

Laura recordó que los menores no podían realizar ese tipo de llamadas, su sistema “I-ciborg junior” no se lo permitía, las leyes eran muy estrictas al respecto.

– Por favor, busca a tus padres y cuéntales lo que te he dicho, por favor. Diles que llamen a los servicios de emergencia. Solo eso. Dijo mientras se dirigía de nuevo a su piso.

Antes de traspasar la puerta miró de reojo al niño, este seguía petrificado junto al ascensor, todavía mantenía el semblante asombrado. Laura pensó que estaba apañada si ese mocoso era la única esperanza de ayuda que tenía.

Cruzó el holl mientras escuchaba un golpeo intermitente y continuo que le heló la sangre. Torció la esquina que daba a su habitación y su vista se fijó de inmediato hacia el suelo. Lo primero que vio fueron las pierna de Clara, estas se estiraban y encogían, como las mueven los niños en los columpios de los parques. Cuando atravesó la puerta fue consciente de la dramática situación a la que se enfrentaba. Todo el cuerpo de su compañera convulsionaba con extremada violencia, espumarajos de sangre le brotaban por la boca mientras se golpeaba la cabeza una y otra vez contra el parqué que cubría el piso.

La tensión se apoderó de Laura, estaba acostumbrada a trabajar con seres humanos, que en ocasiones se ponían nerviosos y no se quedaban lo suficientemente quietos para poder hacerles con serenidad los implantes. En esos casos subía un poco la dosis de ansiolíticos y asunto arreglado. Pero nunca había visto algo igual, ni siquiera parecido.

Saltó por encima de su compañera para llegar hasta su mini-bomba de infusión continua y la colocó en el suelo junto a la chica enferma. Le sujetó el brazo derecho y a pesar de los compulsivos movimientos consiguió acoplarle el cable de datos. Intentó hacer lo mismo con el conector terapéutico en el otro brazo, pero no podía inmobilizarlo lo suficiente. El estrés y la lucha estaban agotando a Laura.

– ¡Estate quieta! Por favor. Chilló.

Pero cuando observó el rostro transfigurado de Clara se dio cuenta de lo absurda que sonaba su petición, si se la hubiera encontrado por la calle en ese estado no la hubiera reconocido. Apartó la vista de la horrorosa y deshumanizada imagen, un repeluzno recorrió su cuerpo dejándola paralizada durante unos segundos. Pero un grito a sus espaldas la sacó de su ensimismamiento. Era Rubén, se había quedado petrificado en el umbral de la puerta del dormitorio.

Laura lo miró y detectó enseguida el horror en su rostro. Entonces, regresó la determinación que la caracterizaba y que la había abandonado por un momento. Colocó sus rodillas sobre el brazo de Clara y le conectó con decisión el tubo de administración de fármacos. Después puso en marcha la bomba, está empezó a calcular el tratamiento en función de los datos que recogía del organismo de la chica. Laura se impulsó para incorporarse y retrocedió hasta que se colocó junto al niño.

– ¿Dónde están tus padres? Le dijo sin mirarlo.

Rubén no la escuchó, estaba inmóvil e impresionado por la situación. Sin parpadear, observaba como Clara se retorcía. De pronto, el cuerpo de la Chica se tensionó durante unos segundo quedándose completamente rígido, después se relajó hasta quedar inerte, siendo este su último movimiento con vida.

Laura se conectó con la aplicación de control de la bomba.

“El usuario no tiene ritmo cardíaco”

Las piernas de Laura comenzaron a temblar incontroladamente, se pudo apoyar a tiempo en el marco de la puerta para así no perder el equilibrio.  

– Vámonos de aquí. Le dijo al niño cuando recuperó un poco las fuerzas.

Fueron a la cocina donde, Laura se bebió un vaso de agua de un trago. Nerviosa y confundida, no podía asimilar todavía lo que había sucedido. Miró al niño que estaba absorto en su sistema. 

– Rubén, escúchame por favor. ¿Dónde están tus padres? Dijo aparentando tranquilidad.

– ¡No lo sé! Gritó el niño.

– ¿Cómo que no lo sabes?

– En casa no estaban, los estoy llamando, pero no contesta ninguno de los dos. Dijo con desesperación.

Laura navegó por su sistema, intentó conectar con la red pero no pudo. Estaba bloqueada.

– No lo entiendo. Tiene que ser algún problema en el prototipo nuevo. Pensó.

De pronto se reactivó y empezaron a llegarle cientos de mensajes y notificaciones. Una de las alertas era del tipo «Prioridad máxima ciudadana». Nunca había recibido una así, ni siquiera sabía que existieran. Eligió la opción “visionar” y usó como reproductor la pantalla holográfica de la encimera.

El video era de una especie de conferencia de prensa de un hombre de unos cincuenta años, su expresión era preocupada al mismo tiempo que condescendiente. Laura seguía con mucho interés las noticias económico-sociales y aunque no era una persona muy famosa lo reconoció al instante, era el vicepresidente de la C.C.U. (Corporación de Compañías Unidas).

Ciudadanos y ciudadanas, nos encontramos ante una circunstancia de alerta máxima. Una epidemia vírica altamente contagiosa y letal está asolando a toda nuestra sociedad. No queremos que cunda el pánico pero la situación es grave.

Tragó saliva e inspiró profundamente para poder proseguir.

– No sabemos cuántos ciudadanos están infectados, pero la prevalencia en la población es alta y sigue aumentando exponencialmente. Las autoridades médicas desconocen el origen y la naturaleza del virus, solo aseguran que su incubación es de tan solo unas horas y además es altamente feroz una vez desarrollado en el organismo humano. 

– Desde la C.C.U. queremos hacer un llamamiento a todos los ciudadanos para que se refugien en sus viviendas. Los que estén fuera, diríjanse a ellas por los medios de transporte habituales. Por favor tengan paciencia con los atascos y una vez en casa no salgan a la calle. Si se detectan síntomas, como fiebre o malestar de cualquier clase, utilicen las bombas médicas de sus viviendas, o las de los puntos habilitados por la ciudad. Por favor no se dirijan a los hospitales, estos están colapsados y no se les va a poder atender en ellos.


Hizo un silencio en su discurso y cambió el gesto del rostro. Un zoom acercó la imagen hasta hacer un primer plano del hombre. Preocupado se esforzaba por aparentar una actitud mezcla de paternalismo y esperanza.

– Estoy convencido, de que con el trabajo en común de todas las compañías, la dura situación será superada. Nos hemos puesto manos a la obra y seguro que lo conseguiremos. Ciudadanos, ¡Confiemos en la tecnología, ella nos salvará! Dijo con confianza y manteniendo el rostro impertérrito durante unos segundos antes de que la imagen se desvaneciera.

Laura comenzó a explorar su sistema de forma compulsiva, aunque, exactamente no sabía lo que buscaba. Los navegadores no funcionaban, las aplicaciones de actualidad tampoco estaban operativas y las redes sociales únicamente tenían actividad publicitaria. De forma inútil trató de comunicar con gente por medio de chat y las vídeo-llamadas, todo estaba bloqueado. Repitió estas mismas acciones una y otra vez con la esperanza de que volviera todo a la normalidad, de que todo fuera como siempre, no era capaz de concebir un mundo sin todo este respaldo virtual. Después de un largo rato, frustrada y agotada decidió parar.

Miró a Rubén, este observaba absorto su mano mientras sus ojos se movían con viveza. 

– ¿Funciona tu sistema? 

Al no observar ningún tipo de reacción en el niño, se aproximó hasta él, lo agarró por el hombro y lo zarandeó.

– ¿Me estás escuchando? ¿Que si funciona tu sistema?

Rubén la miró como quien se acaba de despertar y no sabe ni por donde vienen los tiros.

– ¿Como? Dijo contrariado.

– ¿Qué te pasa? ¿Estás tonto niño?

– Digo, que, ¿Si puedes comunicarte con alguien? Dijo Laura

– No lo sé. Contestó Rubén.

-¿Cómo que no lo sabes? ¿Qué estás mirando entonces?

– Estaba jugando.

Laura no se lo podía creer, torció la boca, apretó los puños e inspiró profundamente reprimiendo el deseo de golpear al niñato. 

– Deja los juegos y sigue intentando comunicar con tus padres o con quien sea.

– Por favor. Añadió mientras caminaba hacia su dormitorio.

Laura se estremeció al ver de nuevo el cadáver de Clara, sintió una mezcla de lástima, miedo y repulsión. Observó que estaba aún conectada a la mini-bomba. Entonces, recordó el fragmento del mensaje del vicepresidente en el que decía: «Utilicen las bombas médicas». Una sensación de desamparo recorrió su cuerpo y se llevó la mano a la boca. Agachó la cabeza meditabunda, permaneciendo así por un tiempo.

De pronto, una idea apareció en su mente. Se irguió y apretó los puños, pasó por encima del cuerpo de su compañera, agarró su bolso, se cambió de zapatos y salió de la habitación.

Rubén continuaba en el mismo sitio y con idéntica cara de bobo que la última vez que le habló.

– ¡Vámonos! Dijo Laura con voz autoritaria.

– ¿A dónde? Yo no me voy, tengo que esperar a mis padres.

– ¿Los has localizado?

– No…

– Pues venga. Nos vamos. Dijo mientras se encaminaba hacia la salida de la vivienda.

– Pero han dicho que no salgamos a la calle. ¿Es que no lo has oído?

Laura se detuvo y miró a Rubén a los ojos, tenía claro que era la última vez que iba a perder el tiempo dialogando con un mocoso descerebrado.

– Mira niño… Tienes dos opciones… Quedarte aquí incubando el virus hasta que acabes como ella. Dijo señalando a su habitación.

– O venir conmigo. Tú eliges, pero hazlo ya.

– ¿Ir contigo? ¿A dónde?

– Conozco a una persona que nos puede ayudar.

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