Virus (Capitulo 5)

Puedes leer el capítulo anterior en este enlace: Virus (Capítulo 4)

Se acercaba la hora de la abdicación diaria del astro rey. La luz de sus últimos rayos se proyectaba sobre los paneles solares que cubrían las fachadas de casi todos los edificios de la ciudad. Algunos drones, muchos menos de los habituales, sobrevolaban las calles repletas de vehículos en circulación silenciosa. Sobre todo había taxis, pero también abundaban furgonetas de la compañía alimentaria.

Los únicos seres humanos que transitaban a pie eran una mujer joven y un niño, decidieron hacerlo después de haber fracasado en el intento de conectar con algún coche desde la aplicación de la compañía de transporte. Caminaban en fila india, puesto que la estrecha acera había sido diseñada como apeadero y no para desplazarse sobre ella. Al principio se habían desorientado, pero la mujer pudo cargar el ubicador y registrar un punto de destino en él para que fuera indicándoles el itinerario a seguir. También chequeaba cada cierto tiempo sus constantes vitales, obteniendo siempre la misma respuesta.

“Parámetros dentro de los umbrales de la normalidad”

– ¡Mira! Exclamó Rubén señalando al otro lado de la avenida.

Laura retiró la mirada de su sistema para vislumbrar entre tanta actividad circulatoria un taxi detenido en el margen contrario de la calle. Una cierta alegría recorrió su cuerpo, sintió como se calmaba el ahogo que soportaba desde que a Clara le dio el ataque. Se dirigió al muchacho con decisión y le dijo.

– Vamos. Tenemos que cruzar.

Decirlo era fácil, hacerlo era harina de otro costal. El tráfico era muy denso a lo largo de los seis carriles que recorrían el ancho de la calzada y la velocidad, establecida por ley para la circulación en ciudad, era de ochenta kilómetros por hora.

Cuando Laura se dispuso a dar el primer paso para atravesar la calle un camión de alto tonelaje pasó rozándole el flequillo. De inmediato su instinto hizo que realizara un movimiento contrario al que tenía pensado y retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared. Se quedó así un rato, como si la hubieran pegado con un velcro gigante.

Le embargaron todas las dudas que cabían en su mente. Pensó en lo cerca que estaba la posibilidad de desplazarse mucho más rápido y seguros, pero no podía pensar en una forma factible de conseguirlo.

¿Qué hacemos? Preguntó Rubén.

– No lo sé. Tendremos que buscar un lugar seguro para pasar. Dijo escudriñando la zona.

– ¿Por dónde?

– Ya te he dicho que no lo sé. Podrías pensar tú también. Dijo ofuscada.    

Rubén agachó la cabeza, entró en su sistema y no volvió a decir ni una palabra más sobre el tema. Laura lo miró y se dio cuenta de que había sido muy dura con él, se estaban enfrentando a una realidad para la que nadie estaba preparado y mucho menos un niño de catorce años. Pero no se disculpó, la situación apremiaba a tomar una resolución. Pensó en seguir andando para encontrar un paso seguro y después retroceder hasta el taxi, no se le ocurría nada mejor. Pero le surgió una nueva indecisión: ¿A la izquierda o a la derecha? Se sintió frustrada y preocupada, ella que se tenía por una mujer segura y resolutiva, ahora no era capaz ni de decidir la dirección a tomar.

Estaba saturada por pensamientos que colisionaban entre sí y estallaban creando oscuridad y confusión en su mente. Esto bloqueaba sus nervios motores y le impedía pasar a la acción.

Los vehículos en movimiento formaban una barrera infranqueable. Laura los odió con todas sus fuerzas y deseó que se desintegraran junto a su brillo plateado.

De repente sucedió algo inesperado. Todos los automóviles se detuvieron con una sincronización asombrosa, no chirrió ningún freno, ni resonó ningún claxon, fue tan natural y suave que que hasta pareció artístico. Laura se quedó asombrada y tardó en reaccionar.

– ¡Vamos, rápido!. Le dijo a Rubén.

El niño levantó los ojos y miró al frente, tuvo que parpadear varias veces para creerse lo que estaba viendo. Laura lo agarró por el brazo y tiró de él.

Mientras zigzagueaban por entre los automóviles, Rubén se sintió como en la escena en la que la comienza la magia en una película fantástica.

El hecho de haber cruzado la calle y la forma de conseguirlo hizo que las sensaciones de Laura cambiaran, ahora sus pensamientos fluían con facilidad y su cuerpo no estaba agarrotado.

La puerta del taxi estaba entreabierta y Laura pensó que seguía sonriendoles la suerte. Agarró el asa y antes de tirar de ella observó que los vehículos volvían a circular como si nunca se hubieran parado, decidió no buscarle lógica a este hecho y abrió la puerta con decisión.

Su cuerpo se tensionó cuando percibió la presencia de una persona dentro, de forma instintiva retrocedió y cerró la puerta.

Tras el susto se obligó a recuperar el aliento, ese taxi era su única posibilidad, esperó mientras pensaba que la puerta se abriría de un momento a otro…

No era socialmente correcto, pero no vio alternativa, volvió a tirar del picaporte pero esta vez lo hizo lentamente, como quien va descorriendo el telón de un teatro para descubrir centímetro a centímetro la escena final de una obra dramática.

El cuerpo contorsionado de una mujer en una posición imposible ocupaba el asiento del pasajero. El aspecto de la cara era tenebroso, más parecía una careta de hallowen que un rostro humano. Los ojos, inexpresivos y amarillentos estaban fuera de sus cuencas, casi a punto de descolgarse de ellas. Profundos surcos rellenados por pellejo y sangre reseca le atravesaban ambas mejillas. En la boca abierta se mostraban unas encías exageradamente inflamadas de donde brotaban las raíces de unos dientes tintados de color verdoso y repugnante.

El primer impulso que tuvo Laura fue salir corriendo de allí. Pero se detuvo a valorar la situación: Estaba claro que tanto Rubén como ella habían entrado en contacto con el virus, era cuestión de tiempo que se les manifestara. Por otro lado, la forma más segura de llegar a su objetivo de forma rápida y sin perderse era ir en taxi. Así que por desagradable y costoso que fuera tendría que sacar el repulsivo cadáver.

– ¿Qué pasa? Preguntó Rubén contrariado ante las extrañas reacciones que observó en Laura.

– Nada, retírate un poco y no hagas más preguntas.

Abrió de nuevo el vehículo, sujetó por los tobillos el cuerpo de la mujer y tiró con todas sus fuerzas del mismo. Mientras ejecutaba la ingrata acción, escuchaba por la espalda los gritos desesperados del niño.

– ¿Qué estás haciendo? ¡Vámonos de aquí, por favor!

Poco a poco, Laura iba arrastrando hacia el exterior del vehículo a la muerta, no pensaba ni sentía, estaba totalmente concentrada en su cometido y nada la distrajo ni la detuvo hasta que la cabeza de la señora golpeó contra el pavimento de la acera. En ese momento se echó hacia atrás exhausta para tumbarse en busca de aire con el que llenar los pulmones. Después de varias respiraciones su mente volvió a activarse. Se fue incorporando orientándose hacia la posición de Rubén. Mientras terminaba de levantarse lo miró de abajo a arriba y observó que una de las perneras del pantalón estaba parcialmente mojada y como todo el cuerpo del niño temblaba sin control.

– Tranquilo chico. No pasa nada. Sube al coche, tenemos que irnos…

Laura insertó el destino desde la pantalla del salpicadero, puesto que las aplicaciones de la compañía de transporte seguían sin funcionar en su sistema. Después de un instante de procesamiento de datos, recibió un mensaje del vehículo.

“Señora Laura, este transporte está diseñado para un solo pasajero. Por favor, descienda uno de los dos o utilicen su aplicación para avisar a otro taxi de la compañía con capacidad para dos o más personas”

Laura dirigió una despectiva mirada a Rubén que extrañado hizo un gesto de ignorante inocencia.

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