Virus (Capitulo 6)

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Entraron en un polígono industrial que ninguno de los dos conocía. Laura empezó a ser consciente por primera desde que vivía en la ciudad de que no había caminado casi por ningún lugar de la misma. Esta reflexión le hizo sentirse apesadumbrada e insegura, sin embargo su instinto de supervivencia parecía que funcionaba mejor que nunca y le hacía seguir adelante con su propósito.

Giraron por una calle siguiendo las indicaciones del ubicador. Laura llevaba la cabeza agachada, estaba concentrada en la proyección holográfica de su mano cuando, se sobresaltó al sentir que Rubén le apretaba el brazo con mucha fuerza. Levantó la mirada y observó una furgoneta aparcada junto a la puerta de una nave de la compañía alimentaria, un grupo de personas entraba y salía cargando cajas con las que iban llenando el vehículo.

Laura dedujo de inmediato que eran «inadaptados» saqueando el almacén. Comenzó a retroceder con sigilo mientras arrastraba al niño con ella sin apartar la vista de la gentuza. Estos no se percataron de su presencia hasta que uno de ellos se detuvo a recuperar el aliento y secarse el sudor, su mirada furtiva se encontró con los solitarios e indefensos viandantes. Al sentirse descubierta no dudó en salir corriendo en dirección contraria al peligro y Rubén la siguió.

– ¡Eh! No corráis. Gritaron a sus espaldas.

Laura giró la cabeza sin dejar de acelerar, vio al hombre avisando de la situación al resto de sus compinches. Cuando torció la esquina empezó a maldecirse por haber salido de casa. Pensó que tendría que haber hecho caso de los consejos del comunicado oficial. En ese momento, con el corazón a doscientas pulsaciones, recordó que de niña siempre le pasaban cosas parecidas por no seguir las normas establecidas. Era un defecto que creía tener superado, pero al parecer no era así…

…Una tarde, después de comer, se encaramó al tejado de un vecino, simplemente para disfrutar de la sensación de peligro junto con la de hacer algo prohibido. Lo que no se podía imaginar era que a cada paso que diera una teja se partiría provocando un ruido estruendoso que contrastaría con el silencio de la siesta.

Pronto fue descubierta por el dueño de la casa que la insultó y amenazó desde el patio. Nerviosa y asustada intentó escapar, pero el miedo le impedía concentrarse para encontrar el lugar por el que había escalado. Sintiéndose acorralada por los gritos intimidatorios, decidió saltar los tres metros que la separaban del suelo.

Su tobillo crujió dolorosamente, pero la lesión no fue tan grave como para impedirle correr calle arriba a la velocidad de un galgo. Las voces de los agraviados eran cada vez más tenues, hasta que se apagaron por completo. Entonces pudo pararse extenuada y muerta de miedo para recuperar el aliento.

La osada aventura le costó un esguince que le hinchó el tobillo como si fuera el de un elefante. Además de una sensación de miedo a las consecuencias que duró demasiado tiempo.  

Después de varios minutos de carrera, Rubén, que estaba algunos metros por detrás de Laura, fue reduciendo el ritmo hasta el punto de casi detenerse.

– No puedo más. Dijo extenuado y alzando la voz.

– No te pares, tenemos que encontrar un escondite donde estemos a salvo.

– Estoy muy cansado y me duelen las piernas.

Laura miró hacia atrás, no había ni rastro de los maleantes, observó al niño y se compadeció de él. Tenía la cara colorada y el gesto compungido pero seguía corriendo de forma destartalada. Pensó que el chico no podría mantenerse por mucho tiempo en pie.

– Venga Rubén, un último esfuerzo, vamos a llegar hasta allí y nos paramos. Dijo señalando un edificio grande que estaba al final de la avenida.

El niño no contestó, agachó la cabeza y siguió trotando. Cuando llegaron a donde Laura le había indicado, se desplomó en el suelo jadeando y sin reaccionar ante ningún estímulo.

Sin ni siquiera recobrar el aliento, Laura inspeccionó el lugar. Era tan seguro como le había parecido en la distancia. Un muro los ocultaba de la mayoría de los accesos a la calle y sin embargo desde allí podían controlar las posibles apariciones de cualquier peligro.

Cuando se sintió a salvo se permitió el lujo de preocuparse por su estado. También se encontraba muy cansada. Desde siempre había tenido mucho aguante físico, pero en los últimos tiempos llevaba una vida sedentaria y no hacía ningún tipo de ejercicio fuera de lo que era moverse dentro de la clínica. Apoyó su espalda contra la pared y poco a poco fue descendiendo hasta llegar a la posición de cuclillas para finalmente sentarse en el suelo sintiendo el contacto del frío pavimento en su culo. De pronto recibió un mensaje.

“Su destino está a menos de cien metros“

La sorpresa fue tan repentina y estaba tan fatigada que tardó en comprender la naturaleza de la indicación. Pero cuando lo hizo se levantó como un resorte y elevó su mirada para ver el majestuoso cartel situado en la parte superior del edificio. HOSPITAL DE ÁREA. No se lo podía creer, los astros se habían alineado en su favor, su huida a la desesperada le había llevado justo a donde quería ir.

Esperaron a que la noche estuviera en su máximo apogeo para salir cautelosamente de su escondite. Rubén iba detrás, estaba cansado y sediento, había revisado su sistema y seguía sin noticias de sus padres, se sentía nervioso e inseguro, nunca había estado en la calle a esas horas sin ellos.

Cuando estaban muy cerca de la zona de urgencias, percibieron un intenso murmullo que los hizo detenerse. El niño estuvo a punto de salir corriendo en dirección contraria, pero Laura lo sujetó a tiempo y le hizo un gesto para indicarle que la esperara.

A Rubén no le hacía ninguna gracia quedarse solo, pero Laura le imponía mucho respeto, además era la única persona que había estado a su lado durante toda aquella incomprensible situación. Intuyó que lo mejor era hacerle caso sin oponer ningún tipo de resistencia, así que se acurrucó en un recoveco mientras ella lo observaba como lo hace una profesora que envía a un alumno al rincón de pensar.

Laura avanzó hasta camuflarse en un punto desde el cual podía visualizar el origen del ruido. La entrada estaba cerrada pero iluminada por la luz interior del hospital. El escándalo provenía de un hombre trastornado que vociferaba y golpeaba el grueso cristal de la puerta automática de acceso a urgencias. De pronto, algo llamó la atención del individuo y dejó de gritar mientras inclinaba la cabeza hacia el suelo donde, había una chica joven que parecía agotada y débil. El hombre se agachó junto a ella y comenzaron a dialogar.

Había demasiada distancia para que Laura entendiera la conversación. Ella gemía, mientras él intentaba consolarla acariciándole el pelo y murmurando palabras en tono cariñoso. El llanto de la chica aumentó de volumen y el corpulento hombre la abrazó intentando contener sus propias lágrimas. La escena conmovió a Laura que movida por el altruismo de sus génes fue saliendo de su escondite mientras trataba de apartar de su mente el rechazo que sentía a relacionarse con desconocidos.

Con cautela para no asustarlos, pero con determinación se fue acercando a ellos, pero cuando estaba a tan solo dos pasos de la pareja se frenó en seco.

– ¡Mierda!, es un «inadaptado». Pensó cuando distinguió en el antebrazo del hombre un smartphone de brazalete de los que no se fabricaban desde hacía años.

Pero ya era demasiado tarde, el hombre percibió su presencia y se giró velozmente. Laura reculó asustada, pero se trastabilló y cayó de culo. Pensó que no tenía escapatoria y que ese loco iba a acabar con ella.

– ¿Qué haces? ¿Quién eres tú? Dijo el hombre tratando de distinguir a la persona que le había sorprendido.

Laura no contestó, intentó escapar a cuatro patas en posición invertida y marcha atrás emulando a los cangrejos.

– Estate quieta, no te voy a hacer nada. Necesitamos ayuda, mi hija está muy enferma y no podemos entrar en el hospital.

El tono desesperado pero conciliador del hombretón rebajó la tensión de la escena y Laura detuvo su patético intento de huida.

– No podéis entrar porque no tenéis un emisor del sistema i-ciborg, es imprescindible para poder acceder a cualquier edificio público de la ciudad.

– Ella lo tiene, pero no funciona. Dijo él.

El hombre se había aproximado y estaba bastante cerca de laura, entonces utilizó la aplicación de linterna de su brazalete y apuntó hacia Laura. Ella interpuso su mano entre el haz de luz y su cara para quitarse la desagradable sensación de ceguera brillante.

El desconocido la observó de forma minuciosa, de repente una emoción en forma de punzada atravesó su pecho y en un instante la expresión de su cara cambió de suplicante a iracunda. 

– Pero… Tu eres una de ellos. Vosotros tenéis la culpa de lo que le está pasando a mi niña.

A Laura la descolocó por completo este giro inesperado en el tono de voz del giganton y le costó unos segundos articular alguna palabra.

– No entiendo lo que dices. ¿Quiénes son ellos? Yo no le he hecho nada a nadie. Dijo con voz temblorosa.

La luz de la linterna cada vez estaba más cerca de Laura y aunque apenas podía distinguir el rostro del hombre, si escuchaba su intensa respiración.

– Claro que lo entiendes, a vosotros las personas no os importan, solo queréis su sometimiento.

Esto último lo dijo tan cerca que Laura pudo oler el aliento de su indignado contertulio. El pánico invadió su cuerpo, estaba segura de que la iba a golpear de un momento a otro, no sabía ni que hacer ni que decir y entonces fueron sus instintos más primarios los que tomaron el mando…

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