Virus (Capitulo 7)

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Giró sobre sí misma con la velocidad de una lagartija y se impulsó con ambos pies igual que hace una velocista cuando escucha el pistoletazo de salida.

Avanzaba con toda la potencia que el corazón pudo proporcionarle a sus piernas. Inconscientemente protegió a Rubén, no dirigiéndose hacia donde él estaba.

Llevaba un buen rato corriendo cuando miró por primera vez hacia atrás, no vio ni escuchó a nadie. Poco a poco fue ralentizando la marcha hasta pararse por completo. Miró por instinto en todas direcciones, cerciorándose una y otra vez de haber despistado al hombre. En realidad, ni siquiera estaba segura de que en algún momento la hubiera perseguido.

Le costó convencerse de que se encontraba en absoluta soledad. No tenía ni idea de donde estaba, puesto que no reconocía nada a su alrededor. Esto no le pareció extraño, pero si le produjo un sentimiento de descontrol. Su ritmo cardíaco poco a poco fue disminuyendo y comenzó a sentir mucha fatiga en las piernas, cada vez más, hasta que le fallaron en la sencilla tarea de mantenerla en pie. Entonces, con cuidado de no hacerse daño se sentó en el suelo.

El descanso que le produjo el contacto con el pavimento hizo que empezara a razonar de nuevo. Poco a poco fue poniendo en orden sus pensamientos, que ausentes durante la carrera, ahora se agolpaban en las puertas de su consciencia. Hasta el más recóndito de sus músculos temblaba y una desagradable angustia se agarraba cada vez con más intensidad a su garganta.

Rememoró en su mente la escena que había provocado su huida y le produjo sensación de miedo y fragilidad.

– Se ha vuelto loco, me iba a matar. No lo entiendo, no lo entiendo. Pensó.

No conseguía calmarse por completo, pero pensó que tenía otro problema en el interior de su organismo que podría acabar con ella en cualquier momento. Por lo que se dijo que tenía que olvidar el incidente con el inadaptado y retomar de inmediato el motivo que la había llevado hasta allí.

Ni por un momento intentó orientarse de manera natural, activó el ubicador y comenzó a seguir sus indicaciones.

Rubén estaba en el lugar exacto en el que lo vio por última vez, pero en posición fetal y sumido en un profundo sueño. Laura pensó que solo un insensato era capaz de dormir a pierna suelta en una situación como esta.

– Vamos Rubén, levanta. Dijo en voz baja pero zarandeándolo sin delicadeza.

– Déjame dormir, quiero quedarme aquí. Dijo sin abrir los ojos.

– Mira niño, yo me marcho. Te levantas o aquí te quedas. No me importa lo que te pase. Dijo subiendo un poco el tono del susurro.

– Te he dicho que me dejes descansar, por favor.

– Vale, capullo, ahí te quedas, ya me has hecho perder demasiado tiempo.

Emprendió la marcha con decisión. Pensó en darle la vuelta al hospital en sentido contrario al de la puerta de urgencias, tenía la esperanza de encontrar alguna forma de colarse dentro.

Tan solo había avanzado unos metros cuando le invadió una sensación de arrepentimiento que le hizo disminuir el ritmo hasta pararse por completo. Giró la cabeza y observó el estático bulto que formaba el cuerpo de Rubén acurrucado sobre el frío suelo. Le recordó a alguna imagen de documentales antiguos de personas hacinadas durante las antiguas guerras de la humanidad.

– Venga, vamos. Dijo mientras agarraba al niño por las axilas y lo impulsaba para levantarlo.

– Déjame, Déjame. Gritó.

– Cállate, que vas a conseguir que nos descubran. Dijo mientras le tapaba la boca con agresividad.

Rubén cambió un plácido sueño por una caminata en contra de su voluntad en tan solo unos segundos. Se sentía muy desdichado y casi sin quererlo comenzó a implorar sollozando.

– Quiero estar con mi madre. Por favor llévame con ella.

Laura no contestó, se limitó a seguir tirando del brazo del niño sin tan siquiera mirarlo, no tenía tiempo ni ganas para esas payasadas.

Una ancha escalinata daba acceso a la entrada de consultas e ingresos. La oscuridad era tan intensa que, de no ser por la visión nocturna del sistema ciborg, no se hubieran percatado de su presencia. La subieron con cuidado apoyando ambos pies en cada uno de los escalones antes de pasar al siguiente.

De pronto, a Rubén se le revolvió el estómago y se paró para taparse nariz y boca con la mano.

– Que asco, ¿A qué huele? Dijo.

De inmediato Laura detectó también el nauseabundo aroma.

– A bicho muerto, parece. Pero no te pares. Vamos, ese es el menor de nuestros problemas.

La puerta estaba cerrada, Laura intentó abrirla sin éxito con su huella dactilar. Rubén también probó con idéntico resultado.

– Joder, no me lo puedo creer. Con lo que nos ha costado llegar hasta aquí. Dijo Laura.

Desde fuera se podía ver la recepción con total claridad, puesto que el alumbrado interior funcionaba a pleno rendimiento. Pero no se observaba ningún tipo de movimiento ni detrás ni delante del mostrador de admisión.

– Mierda, mierda. Dijo Laura dándole una patada por cada palabrota al cristal blindado.

– ¿Qué hacemos ahora? Dijo el niño.

– No lo se. Déjame que piense.

– Vámonos a casa, por favor. Seguro que mis padres han vuelto.

– Hazme un favor Rubén, no me hables más. No tengo tiempo para tus chorradas. Dijo mientras le daba la espalda.

Miró al cielo en busca de inspiración mientras hacía una respiración profunda. Esto la centró un poco y comenzó a mirar a su alrededor.

-Tiene que haber alguna forma de entrar. Pensó.

De pronto le pareció que algo se movía en la penumbra al borde de la escalera. Retrocedio dos pasos y tensó la musculatura. Observó dos brillantes puntos que aparecieron de la nada y se desplazaron hasta colocarse frente a ella.

– ¿Quien anda ahí? Dijo con la firmeza que le proporcionaba su instinto de defensa.

Escuchó un corto pero inconfundible bufido, su propietario era un gato negro que la miraba desafiante con el torso encorvado y el rabo tieso. A pesar de la actitud hostil del felino, Laura suspiró al verlo, incluso sintió el deseo de acercarse a él. Y así lo hizo mientras le hablaba con dulzura.

– ¿Qué te pasa pequeño? ¿Estás asustado?.No te voy a hacer nada. Dijo mientras se agachaba para ponerse a la altura del minino mientras seguía aproximándose a él.

Pero el gato seguía receloso y a la defensiva. Volvió a gruñir mostrando toda su dentadura. Entonces fue cuando Laura pudo ver el rostro del animal con toda claridad. Las orejas tiesas y las pupilas dilatadas no fue lo que le hizo detenerse de golpe. Fue la escalofriante visión del hocico empapado en sangre que también goteaba por sus bigotes.

Torció con lentitud la cabeza hacia el lugar exacto por donde había escuchado moverse al felino por primera vez y descubrió una silueta humana en el suelo. No quería ni pensarlo, pero en ese mismo instante supo que la sangre que teñía el morro del animal pertenecía a aquella persona.

Se acercó despacio después de incorporarse. Era un hombre, estaba boca arriba y tenía los brazos estirados por encima de su cabeza. Pensó que esta vez no lo miraría, no quería volver a ver un rostro desfigurado como el de Clara o el de la mujer del taxi. Pero al final no lo pudo evitar y lo hizo.

Los ojos no tenían córneas, por la boca brotaba sangre mezclada con otros fluidos, los labios habían desaparecido dejando al descubierto hasta los últimos detalles de dientes y encías. Todo esto, filtrado por el color verdoso de la visión nocturna, provocaba una imagen que hubiera encajado a la perfección en cualquier sala del museo del terror.

Un escalofrío le subió desde el pecho hasta el cráneo y la dejó paralizada con la mirada fija en el cadáver.

Entonces algo la sorprendió por completo; A su espalda resonó una voz familiar que la sacó del trance.

– Laura, ¿Eres tú?

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