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Laura giró sobre sí misma con la velocidad de una lagartija y se impulsó con ambos pies igual que hace una velocista cuando escucha el pistoletazo de salida. Galopaba con toda la potencia que el corazón pudo proporcionarle a sus piernas. Inconscientemente protegió a Reuben, no dirigiéndose hacia donde él estaba.

Después de un buen rato corriendo, miró por primera vez hacia atrás, no vio ni escuchó a nadie. Poco a poco fue ralentizando la marcha hasta pararse por completo. Miró en todas direcciones, cerciorándose una y otra vez de haber despistado al hombre. En realidad, ni siquiera estaba segura de que en algún momento la persiguiera.

Le costó convencerse de que se encontraba en absoluta soledad. No tenía ni idea de donde estaba, nada a su alrededor era reconocible para ella. Esto no le pareció extraño, pero si le produjo un sentimiento de descontrol. Su ritmo cardíaco, poco a poco, fue disminuyendo y comenzó a sentir mucha fatiga en las piernas, cada vez más, hasta que fallaron en la sencilla tarea de mantenerla en pie. Entonces, con cuidado de no hacerse daño, se sentó en el suelo.

El descanso que le produjo el contacto con el pavimento facilitó que pudiera razonar de nuevo. Poco a poco, ordenó sus pensamientos, que, ausentes durante la carrera, ahora se agolpaban en las puertas de su consciencia. Hasta el más recóndito de sus músculos temblaba y una desagradable angustia se agarraba cada vez con más intensidad a su garganta. Rememoró en su mente la escena que provocó su huida y le produjo miedo y fragilidad.»Se ha vuelto loco, me iba a matar. No lo entiendo, no lo entiendo.» Pensó.

No conseguía calmarse por completo, pero pensó que tenía otro problema en el interior de su organismo que podría acabar con ella en cualquier momento. Por lo que se dijo que tenía que olvidar el incidente con el inadaptado y retomar de inmediato el motivo que la había llevado hasta allí. Ni por un momento intentó orientarse de manera natural, activó el ubicador y comenzó a seguir sus indicaciones.

Reuben estaba en el lugar exacto en el que lo vio por última vez, pero en posición fetal y sumido en un profundo sueño. Laura pensó que solo un insensato era capaz de dormir a pierna suelta en una situación como esta.

— Vamos Reuben, levanta. -Dijo en voz baja pero zarandeándolo sin delicadeza.

— Déjame dormir, quiero quedarme aquí. —Suplicó el niño sin abrir los ojos.

– Mira niño, yo me marcho. Te levantas o aquí te quedas. No me importa lo que te pase. —Dijo subiendo un poco el tono del susurro.

— Te he dicho que me dejes descansar, por favor.

— Vale, imbécil, ahí te quedas, ya me has hecho perder demasiado tiempo. —Emprendió la marcha con decisión. Pensó en darle la vuelta al hospital en sentido contrario al de la puerta de urgencias, albergaba la esperanza de encontrar alguna forma de colarse dentro.

Tan solo había avanzado unos metros, cuando le invadió una sensación de arrepentimiento, disminuyó el ritmo hasta pararse por completo. Giró la cabeza y observó el estático bulto que formaba el cuerpo de Reuben acurrucado sobre el frío suelo. Le recordó a alguna imagen de documentales antiguos de personas hacinadas durante las antiguas guerras de la humanidad.

— Venga, vamos. —Dijo agarrando al niño por las axilas y lo impulsaba para levantarlo.

— Déjame, Déjame. —Gritó.

— Calla, que vas a conseguir que nos descubran. —Dijo tapándole la boca con agresividad. Reuben cambió un plácido sueño por una caminata en contra de su voluntad en tan solo unos segundos. Se sentía muy desdichado y, casi sin quererlo, comenzó a implorar sollozando.

— Quiero estar con mi madre. Por favor llévame con ella. —Laura no contestó, se limitó a seguir tirando del brazo del niño sin tan siquiera mirarlo, pensó que no tenía tiempo ni ganas para esas payasadas.

Una ancha escalinata daba acceso a la entrada de consultas e ingresos. La oscuridad era tan intensa que, de no ser por la visión nocturna del sistema ciborg, no se hubieran percatado de su presencia. La subieron con cuidado apoyando ambos pies en cada uno de los escalones antes de pasar al siguiente. De pronto, a Reuben se le revolvió el estómago y se detuvo para taparse nariz y boca con la mano.

— Que asco, ¿A qué huele? —Dijo. De inmediato, Laura detectó también el nauseabundo aroma.

—- A bicho muerto, parece. Pero no te pares. Vamos, ese es el menor de nuestros problemas.

La puerta estaba cerrada, Laura intentó abrirla sin éxito con su huella dactilar. Rubén también probó con idéntico resultado.

– Joder, no me lo puedo creer. Con lo que nos ha costado llegar hasta aquí. —Dijo Laura. Desde fuera se podía ver la recepción con total claridad, puesto que el alumbrado interior funcionaba a pleno rendimiento. Pero no se apreciaba ningún tipo de movimiento ni detrás ni delante del mostrador de admisión.–– Mierda, mierda. —Gritó dándole una patada por cada palabrota al cristal blindado.

— ¿Qué hacemos ahora? —Preguntó el niño.

—- No lo se. Déjame que piense.

—- Vámonos a casa, por favor. Seguro que mis padres han vuelto.

— Hazme un favor Reuben, no me hables más. No tengo tiempo para tus chorradas. —Dijo mientras le daba la espalda. Miró al cielo en busca de inspiración mientras realizaba una respiración profunda. Esto la centró un poco y comenzó a mirar a su alrededor.»Tiene que haber alguna forma de entrar.» Pensó. De pronto, observó que algo se movía en la penumbra al borde de la escalera. Retrocedió dos pasos y tensó la musculatura. Dos brillantes puntos aparecieron de la nada y se desplazaron hasta colocarse frente a ella.

— ¿Quien anda ahí? —Dijo con la firmeza que le proporcionaba su instinto de defensa. Escuchó un corto pero inconfundible bufido, su propietario era un gato negro que la miraba desafiante con el torso encorvado y el rabo tieso. A pesar de la actitud hostil del felino, Laura suspiró al verlo, incluso sintió el deseo de acercarse a él. Y así lo hizo mientras le hablaba con dulzura. —– ¿Qué te pasa pequeño? ¿Estás asustado?.No te voy a hacer nada. —Dijo mientras se agachaba para ponerse a la altura del minino mientras seguía aproximándose a él.

Pero el gato seguía receloso y a la defensiva. Volvió a gruñir mostrando toda su dentadura. Entonces, Laura pudo ver el rostro del animal con toda claridad. Las orejas tiesas y las pupilas dilatadas no fue lo que le hizo detenerse de golpe. Fue la escalofriante visión del hocico empapado en sangre que también goteaba por sus bigotes.

Torció con lentitud la cabeza hacia el lugar exacto en donde escuchó moverse al felino por primera vez y descubrió una silueta humana en el suelo. No quería ni pensarlo, pero en ese mismo instante supo que la sangre que teñía el morro del animal pertenecía a aquella persona. Se acercó despacio después de incorporarse. Era un hombre, estaba boca arriba y tenía los brazos estirados por encima de la cabeza. Pensó que esta vez no lo miraría, no quería volver a ver un rostro desfigurado como el de Clara o el de la mujer del taxi. Pero no lo pudo evitar.

Los ojos no tenían córneas, por la boca brotaba sangre mezclada con otros fluidos, los labios habían desaparecido dejando al descubierto hasta los últimos detalles de dientes y encías. Todo esto, filtrado por el color verdoso de la visión nocturna, provocaba una imagen que hubiera encajado a la perfección en cualquier sala del museo del terror. Un escalofrío subió desde su pecho hasta el cráneo y la paralizó con la mirada fija en el cadáver. En es momento, resonó una voz familiar a su espalda que la sorprendió y sacó del trance.

— Laura, ¿Eres tú?

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