Virus (Capitulo 8)

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Se dio la vuelta con rapidez temiendo que las palabras que había escuchado hubieran sido imaginarias. Su cara se iluminó cuando comprobó que unos escalones más arriba estaba su hermano. La miraba como cuando eran pequeños y llegaba al rescate para sacarla de algún lío de los que solía meterse.

– Si Carlos, soy yo. He venido a buscarte.

Y entonces se lanzó a sus brazos mientras comenzaba a sollozar.

– Tranquila, estoy aquí contigo. Le dijo con dulzura dejando que se desahogara.

Una parte de Laura quería quedarse hasta la eternidad sintiendo la calidez que le proporcionaba el cuerpo de su hermano. Pero sabía que apremiaban más otros asuntos en ese momento. Así que comenzó a frenar su desconsuelo y los suspiros fueron sustituyendo al llanto. Cuando sintió la calma suficiente se separó con suavidad de Carlos rompiendo el abrazo que los unía.

– ¿De dónde sales? ¿Cómo sabías que estaba aquí?

– Estaba dentro, he escuchado los golpes en la puerta y te he visto desde la cámara de vigilancia. ¿Cómo has llegado hasta aquí?

– Andando.

– ¿Cómo te encuentras?

– Te refieres a si tengo algún síntoma del virus. ¿No? Creo que no. Pero estoy agotada y también muy asustada.

– Vamos dentro Laura, aquí estamos en peligro.

– Carlos, aquí hay una persona muerta.

– Si, no es el único. Le dijo señalando el otro lateral de la escalera donde había otros dos cadáveres.

Esta vez Laura solo dio un vistazo rápido, le pareció que era una pareja abrazada, pero no quiso pensarlo mucho. Los seres humanos tienen esa capacidad de insensibilizarse con rapidez cuando las circunstancias lo requieren

– Muchos han llegado aquí en busca de ayuda, pero desde hace horas tenemos orden de no abrir a nadie. La mayoría venían enfermos y de todas formas no hubiéramos podido hacer nada por ellos.

– Vamos adentro. Antes de que venga alguien más. Dijo Carlos a su hermana agarrándola por el hombro.

Ella asintió y lo siguió.

– ¿Quién es el niño?

– Es un vecino, no encontramos a sus padres, está solo. No tiene síntomas, pero está fatigado y hambriento.

– Hola, soy Carlos, ¿Y tú cómo te llamas? Dijo acercándose mucho al niño.

– Rubén. Dijo con una voz casi inaudible.

– ¿Te duele la cabeza Rubén?

– No lo sé. Quiero ver a mis padres. Dijo a punto de comenzar a llorar otra vez.

– Tranquilo, vamos adentro. Allí puedes descansar y comer algo.

Carlos los guió, a través de los iluminados pasillos, hasta llegar a la cafetería. Estaba vacía y varias pantallas reproducían vídeos de escenas curiosas, conciertos musicales o documentales. Rubén conectó su audio a una de ellas.

– ¿Dónde está todo el mundo? Dijo Laura.

– Tranquila, ahora te cuento. Voy a traeros algo de comer. Sentaros. Dijo indicándoles una mesa.

Entró en su sistema y seleccionó los dos menús que le parecieron más nutritivos del listado, después indicó el número de mesa. En menos de dos minutos el tablero de la mesa se abrió y una bandeja llena de comida emergió de su interior por medio de un dispositivo centralizado de distribución de productos.

Laura no había sentido hambre en ningún momento de su estresante día, pero cuando los alimentos entraron en contacto con sus sentidos los mecanismos cerebrales para alimentarse se pusieron en marcha de forma espontánea. Tanto ella como Rubén devoraron la comida y relamieron hasta la última gota y miga.

Carlos no dejaba de observar a su hermana, por primera vez desde que comenzó el holocausto, sonrió. Le vinieron a la memoria recuerdos de cuando eran pequeños. En vacaciones, después de una tarde de juegos, se sentaban a la mesa para disfrutar de los manjares que cocinaba su madre. Se contaban el uno al otro las situaciones divertidas que les habían sucedido y se reían sin control espurreando comida por toda la mesa.

En la niñez mantenían una relación muy estrecha, no podían pasar mucho tiempo el uno sin el otro. Laura era inteligente, creativa y dinámica pero demasiado impulsiva e insensata. Él era realista, prudente y más pasivo que su hermana. Ella era la inventora de casi todos los juegos y Carlos los moldeaba quitando las partes inviables y reduciendo así los peligros.

El hecho de que Carlos se fuera de casa para estudiar fue un duro golpe para Laura. Dejó de ser alegre e ingeniosa para convertirse en introvertida y problemática. Cuando volvía por vacaciones las cosas tampoco eran como antes. Él había cambiado, no tenía tiempo para estar con su hermana y cuando lo hacía no le prestaba mucha atención. Solo hablaba de sus estudios de medicina, de los avances de la sociedad y de los proyectos en los que andaba metido.

Y así fueron pasando los años mientras se diluía de forma progresiva la relación entre ambos. Al final, a pesar de su carácter rebelde, ella también pasó por el aro y recorrió el itinerario que cada una de las comunidades decretaba para los nacidos en ellas. Y por una serie de circunstancias fue a parar a la misma ciudad de Carlos, la que tanto había odiado cuando él se trasladó.

Residir en el mismo lugar no mejoró las cosas, el exceso de ocupaciones de ambos y la falta de afinidades hicieron que la barrera que se había creado entre ellos se hiciera más alta e inexpugnable. Parecía que los lazos que forjaron en la niñez se hubieran desecho y volatilizado para siempre. Eso parecía.

Pero desde que comenzó la epidemia, Carlos intentó localizarla sin éxito en innumerables ocasiones desde su sistema. En su interior algo le decía que sería Laura la que lo encontraría a él y así fue. Ahora que estaban juntos pensó que ella siempre fue la más valiente de los dos. Por eso cuando la vio pegándole patadas a la puerta del hospital no se sorprendió e incluso estando en medio de una tormenta de enfermedad y muerte no pudo evitar sonreir.

– Carlos, ¿Dónde está el personal del hospital? Dijo Laura mientras daba el último bocado al postre.

– Muchos se fueron justo antes de que se declarara la cuarenta, y el resto están muertos o agonizando. Los pacientes también han caído, solo han sobrevivido los del área pediátrica. Parece ser que es un virus de adultos.

– ¿Y tú? ¿Y yo?

– No lo sé, puede que algo en nuestros genes nos haga inmunes.

– ¿Pero cómo puede ser que la compañía no sintetice los medicamentos para acabar con la epidemia? El sistema es siempre muy eficaz en este sentido.

– Laura, el sistema ni siquiera ha sido capaz de aislar aún al virus. Estamos prácticamente igual que al principio.

– No me lo puedo creer. ¿Y tú qué opinas?¿De qué crees que se trata?

– No tengo ni idea.

– ¿Ni idea?¿Pero cómo me puedes decir eso? Tú eres médico.

– Eso creía yo. Pero no es verdad. Solo soy un simple operador de camillas.

Al terminar la frase de Carlos ambos quedaron en silencio mirándose. La sensaciones de Laura iban de la impotencia a la rabia pasando por la desesperanza. Carlos estaba resignado desde que vio como iba muriendo gente y era incapaz de hacer nada por evitarlo. Superado por las situaciones que había vivido de horror y sufrimiento se había recluido en la cafetería esperando a que llegara su turno.

– No Carlos, eso no es cierto, tú eres médico, un gran médico. Dijo Laura levantándose de la silla.

– ¡Vamos! no tires la toalla. Tenemos que hacer algo.

– Pero Laura, te he dicho que el sistema no consigue aislar al virus. Si no sabemos su naturaleza no podemos combatirlo.

– Fueron los seres humanos los que crearon el sistema y antes de ello sobrevivieron a desastres naturales, guerras y enfermedades sin su ayuda. No me pienso quedar aquí mientras hay gente que sigue muriendo. Tú y yo buscaremos una solución mientras que nos quede una sola gota de energía en el cuerpo.

Carlos se enorgulleció de la actitud de su hermana, siempre admiró su falta de conformismo. Y aunque sabía que iban a luchar contra lo imposible decidió dejarse llevar.

– De acuerdo Laura, ¿Que propones?

– Veamos los análisis de los infectados.

– Tenemos que ir al laboratorio, las pantallas de la cafetería no tienen autorización para emitir esos datos.

– Pues vamos, rápido.

Rubén no se había enterado de nada. Tenía la atención puesta en varias aplicaciones además de en terminarse el postre. Por eso se sorprendió cuando vio que el doctor y su vecina se movían con intención de marcharse.

– ¿A dónde vamos?

– Nos vamos nosotros, tú quédate aquí. Dijo Laura.

– No. Yo no me quedo solo.

– Joder, qué niño más fastidioso.

– Tranquila Laura, que venga, es mejor que estemos todos juntos.

– Es que no ayuda en nada, solo me ha causado dificultades hasta ahora.

– No es verdad, he hecho todo lo que tú me has dicho. Lo que pasa es que te molesta todo lo que hago. No te caigo bien, eso es lo que pasa. Dijo Rubén envalentonado por la presencia de Carlos.

– Vale si, lo que tú digas. Respondió Laura que no quería perder más el tiempo discutiendo.

Carlos se acercó a Laura, la cogió del brazo para apartarla unos metros de Rubén y le habló cerca del oído.

– Laura relájate un poco con el chaval, intenta comprenderlo, es un chiquillo y es un ignorante total de la vida.

– Es que me tiene frita.

– No le hagas caso. Yo me encargo de él.

Dándose la vuelta se dirigió al niño con la sonrisa más amplia que pudo fingir.

– ¿Cómo me has dicho que te llamabas?

– Rubén.

– Vamos Rubén, sígueme y no te despistes. El hospital es muy grande y no quiero que te pierdas.

Recorrieron varios pasillos hasta llegar a un ascensor que les transportó hasta la última planta. Al salir se encontraron de frente con el laboratorio. Carlos colocó su dedo en el lector de apertura y de inmediato recibió un mensaje.

“Señor Carlos la puerta no puede abrirse si personas sin permisos de acceso permanecen a menos dos metros».

– Autorizar entrada. Dijo Carlos en voz alta.

“Especifique el motivo de la visita de la señora Laura”.

– Colaboración entre compañías.

“Autorización aceptada”.

“No existe ninguna opción válida para autorizar al niño Rubén a entrar a este área”

– Joder.

“ Esa orden no está en mi base de datos»…

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