Puedes leer el capítulo anterior en este enlace: Virus (Capítulo 10)

Charles reaccionó de inmediato, salió del hospital corriendo hacia el lugar de donde surgió el individuo. La chica, tumbada en el suelo boca arriba e inmóvil, tenía el rostro compungido y los ojos cerrados. Se arrodilló y apoyó la oreja en el pecho de la enferma. “Respira”. Volvió a entrar y comprobó que el panorama de recepción permanecía como la abandonó: Hombre arrodillado y hermana petrificada

—Vamos, Laura, ayúdame. Trae una camilla de allí. —Ordenó exaltado señalando un hueco contiguo al mostrador.

Oyó a su hermano pero no lo escuchó. Imposible apartar la vista del hombre. El pensamiento que mascullaba era: “¿Me habrá reconocido?”. Por si acaso, desde el momento en que lo vio entrar, no se atrevió a mover ni una pestaña. Al fin y al cabo era un inadaptado violento que además tenía cuentas pendientes con ella.

— Laura, ¿Estás oyendo lo que te digo? —Dijo Charles pronunciando de forma incisiva cada sílaba. Pero ella continuaba sin reaccionar.— ¿Estás bien? ¿Te pasa algo? —Preguntó empezando a preocuparse y acercándose a su hermana con la intención de sacarla de su ensimismamiento.

— Muchacha, no te voy a hacer daño. —Dijo el grandullón desde el otro extremo de la sala. — Ayuda a mi hija, por favor. —Laura se estremeció de pies a cabeza al escuchar este argumento y su bloqueo mental empezó a diluirse.

Charles miró al hombre, todavía arrodillado y después a su hermana. Intuyó que entre ellos sucedía algo que desconocía. Pero, no tuvo tiempo de elaborar ningún pensamiento más sobre el tema, porque observó que por fin Laura daba señales intencionadas de moverse.

Giró la cabeza hacia su hermano y después en dirección a las camillas, de esta forma completó en su mente la parte fundamental del puzle de la situación. Y se puso en marcha.

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Laura empujaba con todas sus fuerzas la camilla y, desde el otro extremo, Charles la timoneaba. Sobre el vehículo hospitalario, la chica articulaba tenues gemidos, su padre corría a su lado e, intentando suministrarle anestesia en forma de amor paternal, no le soltaba la mano.

— Tenemos que cambiarla de camilla. —Indicó Charles al hombre cuando llegaron al quirófano. Este asintió. Se coordinaron sin necesidad de palabras, Charles la cogió por las axilas y el padre por las piernas, con rapidez pero sin brusquedad, los dos trasladaron el demacrado cuerpo de la muchacha.

Laura observaba la maniobra mientras se colocaba guantes y gafas protectoras. La presionaban sus propios pensamientos, había aprendido a motivarse de esa forma en situaciones complicadas. “Tenía que salvar a aquella chica, no podía fallar.”

Charles, resoplando por el esfuerzo del traslado de camilla, acopló el puerto de entrada-salida del brazo de la chica con la consola de monitorización de constantes vitales, acto seguido, insertó el conector terapéutico en la mini-bomba de infusión continua integrada en la camilla.

— Está muy débil, Laura. Tenemos que medicarla y la bomba está vacía —Informó a su hermana.

— Vale, busca la medicación para cargarla, yo no puedo perder más tiempo. —Charles asintió y, apresurado, salió de la habitación.

En condiciones normales, el primer paso sería descargar la base de datos, pero Laura pensó que, esa acción requería demasiado tiempo, y su objetivo era extraer, lo más rápido posible, el dañino huésped tecnológico del organismo de la enferma. Así que lo descartó, no sin pensar que eliminaría de un plumazo todos los ajustes personalizados que hubiera realizado la chica en el sistema para su propia comodidad.

“Bueno, al grano.” Pensó. Pero entonces fue consciente de que sería la primera vez que desinstalaría un I-ciborg a una persona desmayada. Percibió la enorme presencia del inadaptado y pensó que necesitaría su ayuda. Le imponía mucho dirigirse a él, pero tenía que hacerlo, debía traspasar ese terrorífico para que fluyera el trabajo en equipo entre ambos. “Venga hazlo.” Y, sin mirarle a los ojos, le habló pronunciando de la forma más nítida que pudo.

— Levántala estirándole de los brazos hasta que se quede sentada. —El hombre ejecutó la orden sin hacer ningún comentario. — Perfecto. —Valoró Laura sorprendida por la impecable maniobra del hombre. Enseguida se centró de nuevo en su cometido que, se le antojaba como el más importante de toda su vida.

Se situó a espaldas de la niña, en el lado contrario de la camilla que el hombre. De un golpe de vista detectó, en la nuca de la chica, una minúscula esfera metálica sobresaliendo de la perforación de inserción de la micro-CPU. Con unos pequeños alicates quirúrgicos de pico de loro, hizo pinza en la bolita ejerciendo una gran presión con las dos manos sobre las empuñaduras de la herramienta. Miró a la mole humana y manifestando una solemne seriedad le dijo:

— Sujétale la cabeza con fuerza. Es fundamental que no se mueva. —Su interlocutor, entendió enseguida la maniobra que pretendía realizar la implantóloga y, con habilidad, encontró la forma de inmovilizar la cabeza de su hija mientras le mantenía el cuerpo erguido. — ¿La tienes? — Preguntó Laura buscando una confirmación definitiva.

— Si. Haz tu trabajo. —Le respondió sin mirarla.

Tres veces cogió aire y tres lo soltó en busca de decisión y concentración. Y extirpó la micro-CPU obteniendo el mismo resultado que si hubiera utilizado el extractor diseñado de forma específica para tan delicada tarea. Primero observó la punta del alicate, allí estaba, en perfecto estado, el grano de arroz de grafeno unido al rígido hilo de titanio. Después al orificio carniforme del que brotaba una diminuta gota de sangre. Y por último al grandullón, este le devolvió la mirada con respeto. Laura resopló aliviada.

De pronto, un imprevisto mensaje resonó a través de los altavoces de la camilla.

— ¡Atención! Parada cardiaca. Para comenzar la reanimación coloquen al paciente como indica el procedimiento de utilización de la camilla sanitaria de auto-intervención médica.

— ¡Pero, que coño! —Exclamó Laura sin procesar todavía el repentino giro de la situación.

— Atenea, ¿Qué te pasa? —Vociferó el hombre. —Dime algo.—Suplicó mientras la zarandeaba. —No, no. Mi niña. Vuelve.Laura quería reaccionar pero no podía, el pánico bloqueaba sus músculos y nublaba su capacidad resolutiva.

— No lo entiendo, no puede ser. Lo he hecho todo bien. — Dijo a la caza de una explicación que jamás encontraría.

Charles entró por la puerta en el mismo momento que la voz electrónica repetía, por segunda vez, la indicación pertinente y con tres grandes zancadas se plantó en el centro de la inesperada escena.

— Suéltala, tenemos que tumbarla boca arriba, para que la camilla pueda reanimarla. —Se dirigió de forma comprensiva pero contundente al alterado padre que, continuaba intentando salvar a su joven hija, con gritos y sacudidas. El gigantón observó la bata médica de Charles y la llama de la esperanza se reavivó en su interior.

— ¿Qué has dicho?

— Vamos a tumbarla. —Indicó Charles de nuevo mirando a los ojos del hombre. Este aflojó la tensión con la que sujetaba a la niña y asintió. De forma acelerada pero precisa, Charles situó el inerte cuerpo en la posición esperada por el algoritmo médico. — Separaros, hacia atrás —Indicó a los presentes.

La cúpula alargada y transparente, imprescindible para el proceso reanimatorio, cubrió por completo todo el cuerpo de Atenea y, de inmediato, varios mecanismos se activaron con el objetivo de devolverla a la vida.

Seis minutos de maniobras, durante los cuales Laura casi no respiró. Seis minutos en los que, el padre de la chica, repetía la misma retahíla una y otra vez: “No te mueras mi niña, por favor”. Seis minutos transcurrieron mientras que Charles cargó la mini-bomba con los medicamentos recopilados en farmacología. Seis minutos hasta que el algoritmo determinó que no se podía hacer nada más para salvar la vida de la paciente.

— No, me lo creo, es imposible. Charles, haz algo. —Inquirió Laura a su hermano.

— No se puede hacer nada más. —Dijo Charles negando con la cabeza.

— Vamos a intentarlo. Continuemos con la reanimación de forma manual.

— Esta vez no, Laura. Está muerta.

— Pero, no podemos rendirnos. Vamos a… — Laura no pudo terminar la frase, porque sintió una tremenda presión en la garganta, seguida de un violento movimiento involuntario de todo su cuerpo que la hizo elevarse un palmo del suelo primero y levitar hasta que se estampó su espalda contra la pared después.

No entendía nada de lo que le estaba sucediendo, hasta que pudo centrar lo suficiente sus sentidos para observar, a menos de un metro, el iracundo e inmenso rostro del inadaptado. Resoplidos, ojos desorbitados, nariz engurruñida y colmillos enseñados. Un halo de consciencia traspasó la mente de Laura, “Me está estrangulando“.

Las hormonas activadoras del instinto de lucha comenzaron a fluir por el interior de su organismo y los músculos motores se energizaron para recobrar el tono. Apretó los puños de forma instintiva, pero no pudo cerrar la mano derecha por completo, un sólido objeto se lo impedía. El tiempo se ralentizó para que pudiera realizar una elemental pero efectiva reflexión. “¡Los alicates!”

En ese momento, un rabioso rugido brotó de sus oprimidas cuerdas vocales y todas las reservas de energía disponibles viajaron hasta su brazo armado para que este ejecutara un potente y certero movimiento. La pequeña pero puntiaguda herramienta, atravesó el cráneo y penetró en la masa encefálica del atacante. Sintió una leve distensión en las garras que le oprimían la garganta y entonces, se abandonó a la violencia extrema en pos de la supervivencia. Con extraordinaria brusquedad, extrajo los alicates de la sesera de su agresor y de la herida brotó una amalgama de huesos, vísceras y sangre. A través de un rugido impulsó un nuevo ataque más implacable aún que el primero. Y así, repitió la sangrienta acción, una y otra vez, sin razonar sobre las consecuencias de sus actos ni percibirlas tampoco, hasta que le abandonaron las fuerzas por completo, su vista comenzó a nublarse y sintió como se disolvía su consciencia.

Continuará…

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